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Venezuela:
El crudo efecto
de la vanidad mediática
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Mayo 2002
Año IV, Vol. 2
http://www.saladeprensa.org/
Nelson González Leal
La vanidad y la doble moral son dos
de los rasgos principales de la modernidad
mediática, y en Venezuela estos
se potencian de una manera lastimosa
y de alto perjuicio para la sociedad.
No quiere decir que estas cualidades
resulten exclusivas del período
moderno venezolano, pues desde la
época independentista nuestro
talante dio muestras de su presencia.
De José Antonio Páez
a Los Monagas, de los Monagas a Guzmán
Blanco, de Guzmán Blanco a
Cipriano Castro, de Castro a Juan
Vicente Gómez, de Gómez
a Marcos Pérez Jiménez,
y de éste al resto de los presidentes
electos en la era democrática
–exceptuando, tal vez, a Ramón
J. Velásquez-, el fuero de
lo insustancial y de una probidad
escasa ha dominado el desarrollo de
la conciencia social y política
del venezolano.
Este dominio se ha visto afianzado
por la producción y posterior
desarrollo de dos hechos cardinales
que acontecieron en Venezuela con
la distancia que divide apenas a un
par de generaciones: la aparición
del petróleo, durante el gobierno
de Juan Vicente Gómez, y la
puesta en marcha de la tecnología
de telecomunicaciones, en la década
del ´50. Su carácter
cardinal lo otorga el hecho de que
el establecimiento de su industria
y la manera en que ha sido manejada
por quienes tuvieron la visión
sociopolítica y económica
justa para lograr su capitalización,
originaron el desplazamiento de la
actitud y la conciencia ética-social
del pueblo venezolano hacia la entronización
de un pragmatismo utilitario y especulativo,
que disloca la realidad y sujeta sus
partes al control avasallante de la
lógica mercantil. Bajo este
control se cumple lo que el pensador
neoliberal Alain Minc1 ha dicho respecto
al estado natural de la sociedad:
no es la democracia, sino el Mercado
quien lo establece o define.
Infiltrada por la idea de que el sólo
hecho de poseer riquezas garantiza
el bienestar social y político
–y aun el ético y el
cultural-, la sociedad y sus instituciones
ceden el compromiso de establecerlo
a aquellos que logran dominar la lógica
mercantil y capitalizar la economía,
desconociendo que la labor de capitalización
puede convertirse, o bien, en una
devastadora guerra, o bien, en un
angustiante juego amoroso, en donde,
como advierte una sentencia popular,
todo vale. El fin justifica los medios,
y éstos son muy maquiavélica
y liberalmente empleados por quienes
comprenden que para labrar un camino
expedito al éxito económico
en una sociedad desarticulada, hace
falta tener poder y perpetuar la desarticulación.
Esto hace, entonces y ahora, la industria
mediática, en especial aquellas
empresas que se erigen como dioses
neomodernos: la televisión
y la publicidad. Para obtener con
escasa dificultad el poder que le
garantice el éxito económico,
reducen la sociedad a su expresión
mercantil y producen la fragmentación
de la conciencia colectiva e individual,
mediante la difusión del único
modelo que, según el esquema
ideológico mediático,
es representativo del éxito
social y personal dentro del mercado
de valores neomodernos: el triunfo
económico; obtenido siempre
por la vía más sencilla
o cómoda.
El azar mediático para ser
millonario
Como muestra de lo anterior podríamos
colocar miles de ejemplos televisivos
y publicitarios, pero haremos precisión
en uno muy determinante: En Venezuela
se trasmite un programa de concurso
denominado ¿Quién quiere
ser millonario? Este es, en realidad,
una franquicia internacional, cuyo
esquema es el siguiente: el concursante
debe responder a un determinado número
de preguntas de cultura general, cada
acierto le garantiza la obtención
de un monto en dinero y cada falla
le resta la posibilidad de acceder
a ese monto, ya que sólo puede
errar en tres oportunidades. Y empleo
el término errar con absoluta
propiedad, pues de lo que se trata
en este juego es de agenciarse el
dinero más por azar, que por
conocimiento, en tanto las preguntas
son formuladas bajo el método
de selección simple, otorgando
cuatro alternativas al participante,
además de tres opciones de
ayuda o consulta externa.
¿Quién quiere ser millonario?,
apunta, claramente, a la entronización
de la acriticidad intelectual y del
sentido mercantil de la vida. ¿Quién
quiere ser millonario? es un programa
globalizado que busca despertar un
anhelo típico y determinante
de las sociedades liberales, el de
constituirse en dueño del poder
económico, el de ser miembro
de esa élite especialísima
que se conoce como "los millonarios".
Y para ello sólo basta tener
suerte; no como en el programa español
denominado Saber y ganar, donde, como
es obvio, hay que saber para poder
ganar, y no sólo dinero, sino
también conocimientos. Apunto
que el esquema de preguntas de este
programa español no es de selección
simple, sino de desarrollo intelectual
de la respuesta.
Este golpeteo constante al anhelo
de triunfo económico y la hendidura
que produce en el espíritu
crítico, abona la tierra para
la abundante germinación de
dos frutos de sabor y carácter
tan vil como aquel de la historia
bíblica: la vanidad y la doble
moral. De la pulpa de estos frutos
se alimentan la industria televisiva
y la publicidad para erigirse como
profetas finales, portadores de una
revelación definitiva y absoluta:
el camino hacia la tierra prometida
se llama Globalización.
Los profetas de una nueva religión
Son estos profetas quienes se anuncian
como los únicos conocedores
de los secretos que guarda este paraíso
global. Pero la verdad puede ser distinta:
el Dios real es el Mercado y tanto
la televisión, como la publicidad,
no son más que dos fieles y
eficientes mensajeros; así
como la Globalización es sólo
su doctrina. Una doctrina uniformizante
que, apoyada en la perfección
del discurso publicitario y televisivo,
ha logrado entronizar en la sociedad
latinoamericana realidades ajenas
a su certidumbre, para crear una religión
totalmente mediática, llena
de falsedad y olvido: la de la apariencia.
En Venezuela esta nueva religión
-cuyo instrumento más fiel,
indiferente e infalible es el Dinero-,
hace de la cultura nacional un artificio
de la ideología economicista
(con todo su correlato a punto: pragmatismo
utilitario y especulativo y conformación
de una estructura sociopolítica
para la conquista del poder por el
poder mismo), donde el ethos social
no puede más que sostenerse
como un modelo abstracto y sin-lugar
de la libertad colectiva.
En consecuencia, la formulación
de la libertad en Venezuela es de
carácter liberal, y este carácter
liberal traduce –según
determina José María
Desantes2- una vía absolutamente
individualista, o, en esencia, la
libertad del más fuerte. Esto,
aplicado al sistema mediático
equivale a la libertad del que tiene
el poder de informar, que es el propietario
–individual o conglomerado-
de los medios. Y como ya se ha constatado
en tantas oportunidades –pese
a nuestra conveniente inconsecuencia
y desmemoria sociopolítica-
esta formulación ignora su
responsabilidad con el bien comunitario,
para dar mayor espacio a las exigencias
de la lógica comercial y/o
a las de los intereses que giran en
torno a la consecución del
poder.
Los paradigmas de la neomodernidad
Antes de proseguir se hace necesaria
la precisión de un término
que he manejado con cierta profusión,
pues esto nos permitirá obtener
un mejor marco referencial del tema
tratado. Se trata del término
neomodernidad que puede parecer una
categoría sin razón,
puesto que su pertinencia y su valor
significante se arriesgan a convertirse
en una perogrullada, en tanto la modernidad
se concibe, en su movilidad temporal
y de sentido, como el paradigma de
la perenne innovación dentro
del mundo industrializado, y, además,
dado que, filológicamente,
el prefijo neo designa la conformación
de géneros recientes e inéditos,
funciona, dentro de nuestra particular
realidad sociopolítica, con
alcance histórico y aun metalingüístico,
para designar el ensanchamiento de
un orden cultural (la modernidad)
que, de ser un proceso de autorregulación
social, política y artística
de la sociedad burguesa y de sus instituciones,
se trocó, por efecto de la
influencia masmediática, en
ideología de la negación
respecto a los valores fundamentales
de esta sociedad, a saber: el trabajo,
el progreso, la racionalidad crítica
y la libertad innovadora.
Tal ensanchamiento del sentido, forma
y substancia de la modernidad condujo
al cambio de la naturaleza racional
y dogmática de estos valores
–cambio que algunos pensadores
como Antoine Compagnon3 prefieren
llamar contaminación-, por
un efecto moral y éticamente
ambiguo, que "preconiza un patriotismo
de citas heroicas, especial para adornar
discursos políticos, además
de guarderías, escuelas y puestos
policiales", pero incapaz de
impulsar el renacimiento de una verdadera
cultura nacional no institucionalizada
en función de las determinaciones
del Mercado. El mayor paradigma de
la neomodernidad es, sin duda, la
cultura de masas que, en honor de
la ambigüedad ética que
la define y de su avasallante lógica
comercial, no rechaza los espacios
elitescos de la sociedad burguesa
para conformar un nuevo lugar de participación
plural y no discriminatorio -abierto
y no cerrado-, sino que integra éstos
a su lógica participativa,
colocándolos a la cabeza del
proceso de culturización popular.
En resumen, lo que se ha llamado posmodernidad
en Venezuela no es más que
el repliegue y acondicionamiento de
los valores de la modernidad en el
ámbito mediático, es
decir, una modernidad definida por
las características, naturaleza
e intereses de los Medios de Entretenimiento
Masivo y del instrumento regulador
más eficaz del Mercado, la
publicidad. De la modernidad que pondera
los valores del progreso, la razón
y el trabajo, y que establece el criterio
de lo nuevo utilitario como paradigma
sociopolítico y cultural, pasamos
a una neomodernidad que, sin abandonar
el paradigma de lo nuevo utilitario,
se sostiene sobre el esquema de la
gratificación inmediata, mediante
el consumo desaforado y la creación
indiscriminada de falsas necesidades,
valores que son coto predilecto de
la Publicidad y del negocio del entretenimiento
de masas. En tal caso la vanidad y
la doble moral resultan necesarias
para sustentar los paradigmas neomodernos
y para conformar "el esquema
de acriticidad propio al desprendimiento
de los valores que tocan los imperativos
sociales de la frugalidad y de la
valorización del ahorro y del
trabajo"4.
El señorío
mediatizador de los preceptos sociales
Precisado lo anterior, es posible
determinar que en nuestro marco sociopolítico
actual no solamente son los imperativos
o preceptos de la frugalidad (en sus
acepciones de mesura y modestia),
el ahorro y el trabajo, los que, de
una manera muy sutil, violenta la
modernidad mediática. No olvidemos
que la ideología sobre la cual
el sistema de entretenimiento masivo
deposita y activa sus operaciones
es de corte liberal y que, desde esta
moldura ideológica, el sistema
mediático pondera, además
de la categoría de lo nuevo
utilitario, la de la apariencia, que
puede apreciarse, inclusive, como
una degradación de la primera
y que estableció el dominio
de un mercado mediatizador de la calidad
del contenido conceptual y programático
de las categorías libertad,
democracia y comunicación.
Este dominio mediatizador de las categorías
sociopolíticas que definen
la naturaleza y el alcance del Estado
Nación y de sus instituciones,
representa el señorío
del sector mediático liberal
sobre el proceso de culturización
social, política y económica
de Venezuela. Pero debe aclararse
-para ser justos con la realidad-,
que esta avasallante mediatización
se afianza en un terreno que bien
abonó la escasa inteligencia
y la profunda incultura política
de los dirigentes partidistas venezolanos.
Merced a la falta de visión
histórica -que produce, entre
otras cosas, un ejercicio de consecución
inmediatista, absoluto y no programático
del poder-, y la completa incapacidad
para sostener el basamento ideológico
de las agrupaciones que representan
y permitir que estas terminen convertidas
en meras maquinarias electorales,
los líderes políticos
venezolanos originaron un estancamiento
estatal y gubernativo de tal magnitud
que consecuenció el lamentable
quiebre entre la sociedad y el estado.
Terreno fértil, pues, para
dos fenómenos de evidente presencia
en nuestro país: la búsqueda
desesperada y átona de nuevas
representaciones de la realidad y
la demanda y posicionamiento de liderazgos
provenientes de filas distintas a
las políticas.
Entre estas búsquedas de nuevas
representaciones de la realidad surge
aquella que formula lo siguiente:
establecer todas las relaciones necesarias
para que una colectividad humana pueda
constituirse en una comunidad con
potencial de desarrollo armónico
pasa por traspasar de la esfera pública
a la privada el control de los procesos
económicos, sociopolíticos
y culturales de una Nación.
Y aquí los dos profetas neomodernos
ya descritos, la televisión
y la publicidad, juegan una posición
fundamental: se convierten, no sólo
en el instrumento con mayor alcance
para proporcionar a la sociedad elementos
conceptuales y normativos tan preciados
como el conocimiento, la eticidad
y la epistemología de las categorías
libertad, democracia y comunicación,
sino también en los potenciadores
o hacedores de nuevos liderazgos;
por supuesto y siempre desde su lógica
comercial, plagada de acriticidad
y sujeta a las determinaciones de
la religión de la apariencia:
vanidad y doble moral como preceptos
finales y constitutivos.
De la realidad
mediática a la gremial
Como "Traficantes de realidad"
los ha descrito el periodista uruguayo
Marcelo Jelen, en un artículo
publicado en Sala de Prensa5, refiriéndose
especialmente al uso que de la información
hacen los Medios de Entretenimiento
Masivo. Y como ya he dicho: nuestro
sistema informativo mediático
se desarrolla bajo la égida
del poder económico liberal,
que basa el criterio de la formulación
de la verdad en una libertad de carácter
individual, exclusiva de los dueños
de Medios. Su formulación es
evidentísima: para garantizar
que la actividad informativa se ejecute
de manera libre, esta debe ser potestad
del sector privado.
Esto ha sido innegable en Venezuela,
sobre todo, durante los acontecimientos
políticos acaecidos en el período
que va del diez de diciembre del 2001
al 12 de abril del 2002, cuando los
canales de televisión pertenecientes
al grupo Cisneros (Venevisión),
a la familia Phelps (Radio Caracas
Televisión, canal que trasmite,
por cierto, el programa ¿Quién
quiere ser millonario?) y a la Corporación
Televen, iniciaron y sostuvieron una
campaña informativa de abierta
oposición al régimen
gubernativo del presidente Hugo Chávez
Frías. La excusa para esta
postura es, francamente, absurda:
a falta de un sector político
con verdadera fuerza opositora, los
Medios tienen el deber de constituirse
en vigilantes de las acciones que
el gobierno ejecute en función
del desarrollo del Estado. A esto
sólo cabe responder como lo
hace un reconocido editorialista del
programa informativo 20/20 de la CBS,
Keep me a break.
Vanidad y doble moral mediática,
no cabe duda. Como ya lo he sostenido
en otra oportunidad6, el enfrentamiento
entre los sistemas informativos y
de opinión mediática
y el Gobierno -un asunto de índole
tan vieja ya como el propio nacimiento
de la Prensa-, ha resultado siempre
saludable a la democracia y ha de
considerarse tan conveniente como
la separación de la Iglesia
de los asuntos del Estado, puesto
que lo medular de esta situación
sociopolítica reside en la
posibilidad de evitar los excesos
que de uno u otro bando se producen,
al encontrarse aupados, o bien por
un criterio mal entendido de la libertad,
o bien por una conceptualización
unidireccional de la misma. Ahora
bien, la condición saludable
de este enfrentamiento se da en tanto
ambas partes cumplan a cabalidad su
función institucional, que
no es otra que establecer todas las
relaciones necesarias e indispensables
para que una colectividad humana pueda
constituirse en una comunidad con
potencial de desarrollo armónico.
Esta función pareciera ser
–así descrita- responsabilidad
única del Gobierno, pero si
tomamos en cuenta que el término
comunicación, en su sentido
primordial, indica "poner algo
en común, es decir, traspasarlo
a la esfera pública, colocarlo
a disposición del público"7,
entendemos que cualquier organismo
o empresa que asuma la tarea de comunicar
socialmente la realidad y sus cambios,
no está haciendo otra cosa
que comprometiéndose con una
función pública, o lo
que es igual, con el cometido de establecer
las relaciones descritas.
Y si aquella debe ser la real función
de un sistema informativo, la del
periodista o comunicador social no
debe ser otra distinta a la que describió
J. Ward Moorehouse, esa especie de
diplomático tahúr de
la publicidad, creado por Jhon Dos
Passos en su novela Paraleo 42-: "el
anhelo de todo periodista era desentrañar
el significado exacto de todo cambio
operado en la realidad"8. Lástima
que Doss Passos ubique el tiempo verbal
en pasado, aunque no le falta razón
para ello. El mismo Marcelo Jelen
ha escrito a propósito de la
condición intelectual del periodista,
lo siguiente: "Todo esto hace
pensar que no es necesario ser inteligente
para trabajar de periodista. Es posible
aun siendo un perfecto imbécil"9.
Y esta imbecilidad, manifiesta en
muchos periodistas y comunicadores
sociales de los medios televisivos
venezolanos, trajo como consecuencia
una sumisión al interés
mediático tal, que condujo
a la falsificación de la realidad
producida en torno a los sucesos que
articularon la momentánea ruptura
del orden democrático y constitucional
en Venezuela, entre los días
10, 11 y 12 de abril de 2002. No cabe
duda, la conformidad hace feliz al
hombre, pero también lo torna
imbécil. Esta realidad origina
un supuesto que asomaré acá,
pero que no será discutido
sino en otro artículo: En Venezuela,
el Medio es el gremio, pues es quien
controla y determina los alcances
profesionales del periodista; es quien
establece la medida del poder de la
profesión y quien ensalza o
subyuga la ética profesional,
de acuerdo a sus muy particulares
prioridades. Y, además, se
ha constituido en la única
fuente capaz de proveer, desde el
punto de vista de la práctica
profesional, elementos tan preciados
como el conocimiento, la eticidad,
la epistemología y, algo bastante
importante, la seguridad de subsistencia.
Por fortuna, el pueblo venezolano
reaccionó pronto ante el manejo
mediático y exigió la
rectificación de la postura
de los canales mencionados (Venevisión,
RCTV y Televen), es decir, exigió
el ajuste de estos canales a su deber
social, pluralista y objetivo –o
más bien, de subjetividad bien
intencionada, como ha calificado a
la única objetividad posible
el escritor peruano Alfredo Bryce
Echenique-, sin desmedro, por supuesto,
de la racionalidad crítica.
Aún así, estos canales
se negaron a asumir una postura correspondiente
con el ethos social y hubo de darse
una manifestación violenta
del pueblo para obligarlos a cumplir
con su deber. Luego de esto, algunos
periodistas reclamaron esta actitud
pública y achacaron la reacción
al acicate de algunos personeros del
gobierno, desconociendo que aquel
estallido popular fue más bien
una respuesta al ejercicio de la vanidad
y la doble moral mediática.
Cito acá, para finalizar, un
párrafo escrito por el periodista
boliviano José Luis Exeni,
que ilustra bien esta situación:
"Parece más pertinente,
como periodistas, asumir el hecho
de que mientras sigamos solazándonos
en la autocontemplación del
ombligo, creyéndonos dueños
de la verdad y sus rincones, y negando
sistemáticamente toda deficiencia
e insuficiencia en nuestras filas,
la exigencia de responsabilidad social
y decencia en nuestro oficio vendrá
por una de estas dos vías —o
las dos—, ambas tan probables
como nocivas: desde el poder institucionalizado
(político y económico),
como imposición y censura;
o desde los actores sociales y culturales,
como ausencia de credibilidad y demanda
de protección contra nuestros
excesos.10"
_____
Notas:
1. Citado por la periodista Berta
Bernarte Aguirre, en "La globalización
de la comunicación: la exaltación
de la cultura del intercambio".
Monografía. http://www.monografías.com/.
Abril, 1998. Pág. 8
2. DESANTES GUANTER, José María.
La función de informar. Ediciones
Universidad de Navarra S. A. Pamplona,
España, 1976. Pág. 28
3. COMPAGNON, Antoine. Las cinco paradojas
de la modernidad. Monte Avila Editores.
Caracas, Venezuela,1991. Pág.
17
4. QUINTANA, Eduardo. Pragmática
de la libertad. Ediciones Angria.
Caracas, Venezuela, 1992. Pp. 115
5. JELEN, Marcelo. "Traficantes
de realidad". Sala de Prensa
N° 11. Septiembre 1999
Año II, Vol. 2.
6. En "De libertad hablamos",
artículo publicado en el semanario
de opinión política
El Clarín (Cumaná, Edo.
Sucre). N° 779. Semana del 08
al 14 de Marzo 2002.
7. DESANTES GUANTER, José María.
Op. Cit.
8. DOSS PASSOS, John. Paralelo 42.
Editorial Bruguera. Barcelona, España,
1981. Pág. 317
9. JELEN, Marcelo. Op. Cit.
10. EXENI, José Luis. Autorregulación
del periodismo. Sala de Prensa N°
30. Abril 2001. Año III, Vol.
2.
*Nelson González Leal es columnista
del semanario político El Clarín
(Cumaná, Edo. Sucre) y corresponsal
en el Estado Zulia de un semanario
de sucesos capitalino. Dirige y edita
la revista electrónica de periodismo,
arte y literatura El Asombro Inútil.
Se ha desempeñado, además,
como Subdirector de Literatura del
Consejo Nacional de la Cultura de
Venezuela y como Coordinador General
de la Fundación de Estudios
Políticos "Luis Gómez".
Esta es su primera colaboración
para Sala de Prensa.
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