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El
control de los medios
de comunicación
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Abril
2003. Año V, Vol. 2
http://www.saladeprensa.org/
El
papel de los medios de comunicación
en la política contemporánea
nos obliga a preguntar por el tipo
de mundo y de sociedad en los que
queremos vivir, y qué modelo
de democracia queremos para esta sociedad.
Permítaseme empezar contraponiendo
dos conceptos distintos de democracia.
Uno es el que nos lleva a afirmar
que en una sociedad democrática,
por un lado, la gente tiene a su alcance
los recursos para participar de manera
significativa en la gestión
de sus asuntos particulares, y, por
otro, los medios de información
son libres e imparciales. Si se busca
la palabra democracia en el diccionario
se encuentra una definición
bastante parecida a lo que acabo de
formular.
Una idea alternativa de democracia
es la de que no debe permitirse que
la gente se haga cargo de sus propios
asuntos, a la vez que los medios de
información deben estar fuerte
y rígidamente controlados.
Quizás esto suene como una
concepción anticuada de democracia,
pero es importante entender que, en
todo caso, es la idea predominante.
De hecho lo ha sido durante mucho
tiempo, no sólo en la práctica
sino incluso en el plano teórico.
No olvidemos además que tenemos
una larga historia, que se remonta
a las revoluciones democráticas
modernas de la Inglaterra del siglo
XVII, que en su mayor parte expresa
este punto de vista. En cualquier
caso voy a ceñirme simplemente
al período moderno y acerca
de la forma en que se desarrolla la
noción de democracia, y sobre
el modo y el porqué el problema
de los medios de comunicación
y la desinformación se ubican
en este contexto.
Primeros apuntes
históricos de la propaganda
Empecemos con la primera operación
moderna de propaganda llevada a cabo
por un gobierno. Ocurrió bajo
el mandato de Woodrow Wilson. Este
fue elegido presidente en 1916 como
líder de la plataforma electoral
Paz sin victoria, cuando se cruzaba
el ecuador de la Primera Guerra Mundial.
La población era muy pacifista
y no veía ninguna razón
para involucrarse en una guerra europea;
sin embargo, la administración
Wilson había decidido que el
país tomaría parte en
el conflicto. Había por tanto
que hacer algo para inducir en la
sociedad la idea de la obligación
de participar en la guerra. Y se creó
una comisión de propaganda
gubernamental, conocida con el nombre
de Comisión Creel, que, en
seis meses, logró convertir
una población pacífica
en otra histérica y belicista
que quería ir a la guerra y
destruir todo lo que oliera a alemán,
despedazar a todos los alemanes, y
salvar así al mundo. Se alcanzó
un éxito extraordinario que
conduciría a otro mayor todavía:
precisamente en aquella época
y después de la guerra se utilizaron
las mismas técnicas para avivar
lo que se conocía como Miedo
rojo. Ello permitió la destrucción
de sindicatos y la eliminación
de problemas tan peligrosos como la
libertad de prensa o de pensamiento
político. El poder financiero
y empresarial y los medios de comunicación
fomentaron y prestaron un gran apoyo
a esta operación, de la que,
a su vez, obtuvieron todo tipo de
provechos.
Entre los que participaron activa
y entusiásticamente en la guerra
de Wilson estaban los intelectuales
progresistas, gente del círculo
de John Dewey Estos se mostraban muy
orgullosos, como se deduce al leer
sus escritos de la época, por
haber demostrado que lo que ellos
llamaban los miembros más inteligentes
de la comunidad, es decir, ellos mismos,
eran capaces de convencer a una población
reticente de que había que
ir a una guerra mediante el sistema
de aterrorizarla y suscitar en ella
un fanatismo patriotero. Los medios
utilizados fueron muy amplios. Por
ejemplo, se fabricaron montones de
atrocidades supuestamente cometidas
por los alemanes, en las que se incluían
niños belgas con los miembros
arrancados y todo tipo de cosas horribles
que todavía se pueden leer
en los libros de historia, buena parte
de lo cual fue inventado por el Ministerio
británico de propaganda, cuyo
auténtico propósito
en aquel momento —tal como queda
reflejado en sus deliberaciones secretas—
era el de dirigir el pensamiento de
la mayor parte del mundo. Pero la
cuestión clave era la de controlar
el pensamiento de los miembros más
inteligentes de la sociedad americana,
quienes, a su vez, diseminarían
la propaganda que estaba siendo elaborada
y llevarían al pacífico
país a la histeria propia de
los tiempos de guerra. Y funcionó
muy bien, al tiempo que nos enseñaba
algo importante: cuando la propaganda
que dimana del estado recibe el apoyo
de las clases de un nivel cultural
elevado y no se permite ninguna desviación
en su contenido, el efecto puede ser
enorme. Fue una lección que
ya había aprendido Hitler y
muchos otros, y cuya influencia ha
llegado a nuestros días.
La democracia
del espectador
Otro grupo que quedó
directamente marcado por estos éxitos
fue el formado por teóricos
liberales y figuras destacadas de
los medios de comunicación,
como Walter Lippmann, que era el decano
de los periodistas americanos, un
importante analista político
—tanto de asuntos domésticos
como internacionales— así
como un extraordinario teórico
de la democracia liberal. Si se echa
un vistazo a sus ensayos, se observará
que están subtitulados con
algo así como Una teoría
progresista sobre el pensamiento democrático
liberal. Lippmann estuvo vinculado
a estas comisiones de propaganda y
admitió los logros alcanzados,
al tiempo que sostenía que
lo que él llamaba revolución
en el arte de la democracia podía
utilizarse para fabricar consenso,
es decir, para producir en la población,
mediante las nuevas técnicas
de propaganda, la aceptación
de algo inicialmente no deseado. También
pensaba que ello era no solo una buena
idea sino también necesaria,
debido a que, tal como él mismo
afirmó, los intereses comunes
esquivan totalmente a la opinión
pública y solo una clase especializada
de hombres responsables lo bastante
inteligentes puede comprenderlos y
resolver los problemas que de ellos
se derivan. Esta teoría sostiene
que solo una élite reducida
—la comunidad intelectual de
que hablaban los seguidores de Dewey—
puede entender cuáles son aquellos
intereses comunes, qué es lo
que nos conviene a todos, así
como el hecho de que estas cosas escapan
a la gente en general. En realidad,
este enfoque se remonta a cientos
de años atrás, es también
un planteamiento típicamente
leninista, de modo que existe una
gran semejanza con la idea de que
una vanguardia de intelectuales revolucionarios
toma el poder mediante revoluciones
populares que les proporcionan la
fuerza necesaria para ello, para conducir
después a las masas estúpidas
a un futuro en el que estas son demasiado
ineptas e incompetentes para imaginar
y prever nada por sí mismas.
Es así que la teoría
democrática liberal y el marxismo-leninismo
se encuentran muy cerca en sus supuestos
ideológicos. En mi opinión,
esta es una de las razones por las
que los individuos, a lo largo del
tiempo, han observado que era realmente
fácil pasar de una posición
a otra sin experimentar ninguna sensación
específica de cambio. Solo
es cuestión de ver dónde
está el poder. Es posible que
haya una revolución popular
que nos lleve a todos a asumir el
poder del Estado; o quizás
no la haya, en cuyo caso simplemente
apoyaremos a los que detentan el poder
real: la comunidad de las finanzas.
Pero estaremos haciendo lo mismo:
conducir a las masas estúpidas
hacia un mundo en el que van a ser
incapaces de comprender nada por sí
mismas.
Lippmann respaldó todo esto
con una teoría bastante elaborada
sobre la democracia progresiva, según
la cual en una democracia con un funcionamiento
adecuado hay distintas clases de ciudadanos.
En primer lugar, los ciudadanos que
asumen algún papel activo en
cuestiones generales relativas al
gobierno y la administración.
Es la clase especializada, formada
por personas que analizan, toman decisiones,
ejecutan, controlan y dirigen los
procesos que se dan en los sistemas
ideológicos, económicos
y políticos, y que constituyen,
asimismo, un porcentaje pequeño
de la población total. Por
supuesto, todo aquel que ponga en
circulación las ideas citadas
es parte de este grupo selecto, en
el cual se habla primordialmente acerca
de qué hacer con aquellos otros,
quienes, fuera del grupo pequeño
y siendo la mayoría de la población,
constituyen lo que Lippmann llamaba
el rebaño desconcertado: hemos
de protegemos de este rebaño
desconcertado cuando brama y pisotea.
Así pues, en una democracia
se dan dos funciones: por un lado,
la clase especializada, los hombres
responsables, ejercen la función
ejecutiva, lo que significa que piensan,
entienden y planifican los intereses
comunes; por otro, el rebaño
desconcertado también con una
función en la democracia, que,
según Lippmann, consiste en
ser espectadores en vez de miembros
participantes de forma activa. Pero,
dado que estamos hablando de una democracia,
estos últimos llevan a término
algo más que una función:
de vez en cuando gozan del favor de
liberarse de ciertas cargas en la
persona de algún miembro de
la clase especializada; en otras palabras,
se les permite decir queremos que
seas nuestro líder, o, mejor,
queremos que tú seas nuestro
líder, y todo ello porque estamos
en una democracia y no en un estado
totalitario. Pero una vez se han liberado
de su carga y traspasado esta a algún
miembro de la clase especializada,
se espera de ellos que se apoltronen
y se conviertan en espectadores de
la acción, no en participantes.
Esto es lo que ocurre en una democracia
que funciona como Dios manda.
Y la verdad es que hay una lógica
detrás de todo eso. Hay incluso
un principio moral del todo convincente:
la gente es simplemente demasiado
estúpida para comprender las
cosas. Si los individuos trataran
de participar en la gestión
de los asuntos que les afectan o interesan,
lo único que harían
sería solo provocar líos,
por lo que resultaría impropio
e inmoral permitir que lo hicieran.
Hay que domesticar al rebaño
desconcertado, y no dejarle que brame
y pisotee y destruya las cosas, lo
cual viene a encerrar la misma lógica
que dice que sería incorrecto
dejar que un niño de tres años
cruzara solo la calle. No damos a
los niños de tres años
este tipo de libertad porque partimos
de la base de que no saben cómo
utilizarla. Por lo mismo, no se da
ninguna facilidad para que los individuos
del rebaño desconcertado participen
en la acción; solo causarían
problemas.
Por ello, necesitamos algo que sirva
para domesticar al rebaño perplejo;
algo que viene a ser la nueva revolución
en el arte de la democracia: la fabricación
del consenso. Los medios de comunicación,
las escuelas y la cultura popular
tienen que estar divididos. La clase
política y los responsables
de tomar decisiones tienen que brindar
algún sentido tolerable de
realidad, aunque también tengan
que inculcar las opiniones adecuadas.
Aquí la premisa no declarada
de forma explícita —e
incluso los hombres responsables tienen
que darse cuenta de esto ellos solos—
tiene que ver con la cuestión
de cómo se llega a obtener
la autoridad para tomar decisiones.
Por supuesto, la forma de obtenerla
es sirviendo a la gente que tiene
el poder real, que no es otra que
los dueños de la sociedad,
es decir, un grupo bastante reducido.
Si los miembros de la clase especializada
pueden venir y decir Puedo ser útil
a sus intereses, entonces pasan a
formar parte del grupo ejecutivo.
Y hay que quedarse callado y portarse
bien, lo que significa que han de
hacer lo posible para que penetren
en ellos las creencias y doctrinas
que servirán a los intereses
de los dueños de la sociedad,
de modo que, a menos que puedan ejercer
con maestría esta autoformación,
no formarán parte de la clase
especializada. Así, tenemos
un sistema educacional, de carácter
privado, dirigido a los hombres responsables,
a la clase especializada, que han
de ser adoctrinados en profundidad
acerca de los valores e intereses
del poder real, y del nexo corporativo
que este mantiene con el Estado y
lo que ello representa. Si pueden
conseguirlo, podrán pasar a
formar parte de la clase especializada.
Al resto del rebaño desconcertado
básicamente habrá que
distraerlo y hacer que dirija su atención
a cualquier otra cosa. Que nadie se
meta en líos. Habrá
que asegurarse que permanecen todos
en su función de espectadores
de la acción, liberando su
carga de vez en cuando en algún
que otro líder de entre los
que tienen a su disposición
para elegir.
Muchos otros han desarrollado este
punto de vista, que, de hecho, es
bastante convencional. Por ejemplo,
él destacado teólogo
y crítico de política
internacional Reinold Niebuhr, conocido
a veces como el teólogo del
sistema, gurú de George Kennan
y de los intelectuales de Kennedy,
afirmaba que la racionalidad es una
técnica, una habilidad, al
alcance de muy pocos: solo algunos
la poseen, mientras que la mayoría
de la gente se guía por las
emociones y los impulsos. Aquellos
que poseen la capacidad lógica
tienen que crear ilusiones necesarias
y simplificaciones acentuadas desde
el punto de vista emocional, con objeto
de que los bobalicones ingenuos vayan
más o menos tirando. Este principio
se ha convertido en un elemento sustancial
de la ciencia política contemporánea.
En la década de los años
veinte y principios de la de los treinta,
Harold Lasswell, fundador del moderno
sector de las comunicaciones y uno
de los analistas políticos
americanos más destacados,
explicaba que no deberíamos
sucumbir a ciertos dogmatismos democráticos
que dicen que los hombres son los
mejores jueces de sus intereses particulares.
Porque no lo son. Somos nosotros,
decía, los mejores jueces de
los intereses y asuntos públicos,
por lo que, precisamente a partir
de la moralidad más común,
somos nosotros los que tenemos que
asegurarnos de que ellos no van a
gozar de la oportunidad de actuar
basándose en sus juicios erróneos.
En lo que hoy conocemos como estado
totalitario, o estado militar, lo
anterior resulta fácil. Es
cuestión simplemente de blandir
una porra sobre las cabezas de los
individuos, y, si se apartan del camino
trazado, golpearles sin piedad. Pero
si la sociedad ha acabado siendo más
libre y democrática, se pierde
aquella capacidad, por lo que hay
que dirigir la atención a las
técnicas de propaganda. La
lógica es clara y sencilla:
la propaganda es a la democracia lo
que la cachiporra al estado totalitario.
Ello resulta acertado y conveniente
dado que, de nuevo, los intereses
públicos escapan a la capacidad
de comprensión del rebaño
desconcertado.
Relaciones
públicas
Los Estados Unidos crearon los cimientos
de la industria de las relaciones
públicas. Tal como decían
sus líderes, su compromiso
consistía en controlar la opinión
pública. Dado que aprendieron
mucho de los éxitos de la Comisión
Creel y del miedo rojo, y de las secuelas
dejadas por ambos, las relaciones
públicas experimentaron, a
lo largo de la década de 1920,
una enorme expansión, obteniéndose
grandes resultados a la hora de conseguir
una subordinación total de
la gente a las directrices procedentes
del mundo empresarial a lo largo de
la década de 1920. La situación
llegó a tal extremo que en
la década siguiente los comités
del Congreso empezaron a investigar
el fenómeno. De estas pesquisas
proviene buena parte de la información
de que hoy día disponemos.
Las relaciones públicas constituyen
una industria inmensa que mueve, en
la actualidad, cantidades que oscilan
en torno a un billón de dólares
al año, y desde siempre su
cometido ha sido el de controlar la
opinión pública, que
es el mayor peligro al que se enfrentan
las corporaciones. Tal como ocurrió
durante la Primera Guerra Mundial,
en la década de 1930 surgieron
de nuevo grandes problemas: una gran
depresión unida a una cada
vez más numerosa clase obrera
en proceso de organización.
En 1935, y gracias a la Ley Wagner,
los trabajadores consiguieron su primera
gran victoria legislativa, a saber,
el derecho a organizarse de manera
independiente, logro que planteaba
dos graves problemas. En primer lugar,
la democracia estaba funcionando bastante
mal: el rebaño desconcertado
estaba consiguiendo victorias en el
terreno legislativo, y no era ese
el modo en que se suponía que
tenían que ir las cosas; el
otro problema eran las posibilidades
cada vez mayores del pueblo para organizarse.
Los individuos tienen que estar atomizados,
segregados y solos; no puede ser que
pretendan organizarse, porque en ese
caso podrían convertirse en
algo más que simples espectadores
pasivos.
Efectivamente, si hubiera muchos individuos
de recursos limitados que se agruparan
para intervenir en el ruedo político,
podrían, de hecho, pasar a
asumir el papel de participantes activos,
lo cual sí sería una
verdadera amenaza. Por ello, el poder
empresarial tuvo una reacción
contundente para asegurarse de que
esa había sido la última
victoria legislativa de las organizaciones
obreras, y de que representaría
también el principio del fin
de esta desviación democrática
de las organizaciones populares. Y
funcionó. Fue la última
victoria de los trabajadores en el
terreno parlamentario, y, a partir
de ese momento —aunque el número
de afiliados a los sindicatos se incrementó
durante la Segunda Guerra Mundial,
acabada la cual empezó a bajar—
la capacidad de actuar por la vía
sindical fue cada vez menor. Y no
por casualidad, ya que estamos hablando
de la comunidad empresarial, que está
gastando enormes sumas de dinero,
a la vez que dedicando todo el tiempo
y esfuerzo necesarios, en cómo
afrontar y resolver estos problemas
a través de la industria de
las relaciones públicas y otras
organizaciones, como la National Association
of Manufacturers (Asociación
nacional de fabricantes), la Business
Roundtable (Mesa redonda de la actividad
empresarial), etcétera. Y su
principio es reaccionar en todo momento
de forma inmediata para encontrar
el modo de contrarrestar estas desviaciones
democráticas.
La primera prueba se produjo un año
más tarde, en 1937, cuando
hubo una importante huelga del sector
del acero en Johnstown, al oeste de
Pensilvania. Los empresarios pusieron
a prueba una nueva técnica
de destrucción de las organizaciones
obreras, que resultó ser muy
eficaz. Y sin matones a sueldo que
sembraran el terror entre los trabajadores,
algo que ya no resultaba muy práctico,
sino por medio de instrumentos más
sutiles y eficientes de propaganda.
La cuestión estribaba en la
idea de que había que enfrentar
a la gente contra los huelguistas,
por los medios que fuera. Se presentó
a estos como destructivos y perjudiciales
para el conjunto de la sociedad, y
contrarios a los intereses comunes,
que eran los nuestros, los del empresario,
el trabajador o el ama de casa, es
decir, todos nosotros. Queremos estar
unidos y tener cosas como la armonía
y el orgullo de ser americanos, y
trabajar juntos. Pero resulta que
estos huelguistas malvados de ahí
afuera son subversivos, arman jaleo,
rompen la armonía y atenían
contra el orgullo de América,
y hemos de pararles los pies. El ejecutivo
de una empresa y el chico que limpia
los suelos tienen los mismos intereses.
Hemos de trabajar todos juntos y hacerlo
por el país y en armonía,
con simpatía y cariño
los unos por los otros. Este era,
en esencia, el mensaje. Y se hizo
un gran esfuerzo para hacerlo público;
después de todo, estamos hablando
del poder financiero y empresarial,
es decir, el que controla los medios
de información y dispone de
recursos a gran escala, por lo cual
funcionó, y de manera muy eficaz.
Más adelante este método
se conoció como la fórmula
Mohawk VaIley, aunque se le denominaba
también métodos científicos
para impedir huelgas. Se aplicó
una y otra vez para romper huelgas,
y daba muy buenos resultados cuando
se trataba de movilizar a la opinión
pública a favor de conceptos
vacíos de contenido, como el
orgullo de ser americano. ¿Quién
puede estar en contra de esto? O la
armonía. ¿Quién
puede estar en contra? O, como en
la guerra del golfo Pérsico,
apoyad a nuestras tropas. ¿Quién
podía estar en contra? O los
lacitos amarillos. ¿Hay alguien
que esté en contra? Sólo
alguien completamente necio.
De hecho, ¿qué pasa
si alguien le pregunta si da usted
su apoyo a la gente de lowa? Se puede
contestar diciendo Sí, le doy
mi apoyo, o No, no la apoyo. Pero
ni siquiera es una pregunta: no significa
nada. Esta es la cuestión La
clave de los eslóganes de las
relaciones públicas como Apoyad
a nuestras tropas es que no significan
nada, o, como mucho, lo mismo que
apoyar a los habitantes de Iowa. Pero,
por supuesto había una cuestión
importante que se podía haber
resuelto haciendo la pregunta: ¿Apoya
usted nuestra política? Pero,
claro, no se trata de que la gente
se plantee cosas como esta. Esto es
lo único que importa en la
buena propaganda. Se trata de crear
un eslogan que no pueda recibir ninguna
oposición, bien al contrario,
que todo el mundo esté a favor.
Nadie sabe lo que significa porque
no significa nada, y su importancia
decisiva estriba en que distrae la
atención de la gente respecto
de preguntas que sí significan
algo: ¿Apoya usted nuestra
política? Pero sobre esto no
se puede hablar. Así que tenemos
a todo el mundo discutiendo sobre
el apoyo a las tropas: Desde luego,
no dejaré de apoyarles. Por
tanto, ellos han ganado. Es como lo
del orgullo americano y la armonía.
Estamos todos juntos, en tomo a eslóganes
vacíos, tomemos parte en ellos
y asegurémonos de que no habrá
gente mala en nuestro alrededor que
destruya nuestra paz social con sus
discursos acerca de la lucha de clases,
los derechos civiles y todo este tipo
de cosas.
Todo es muy eficaz y hasta hoy ha
funcionado perfectamente. Desde luego
consiste en algo razonado y elaborado
con sumo cuidado: la gente que se
dedica a las relaciones públicas
no está ahí para divertirse;
está haciendo un trabajo, es
decir, intentando inculcar los valores
correctos. De hecho, tienen una idea
de lo que debería ser la democracia:
un sistema en el que la clase especializada
está entrenada para trabajar
al servicio de los amos, de los dueños
de la sociedad, mientras que al resto
de la población se le priva
de toda forma de organización
para evitar así los problemas
que pudiera causar. La mayoría
de los individuos tendrían
que sentarse frente al televisor y
masticar religiosamente el mensaje,
que no es otro que el que dice que
lo único que tiene valor en
la vida es poder consumir cada vez
más y mejor y vivir igual que
esta familia de clase media que aparece
en la pantalla y exhibir valores como
la armonía y el orgullo americano.
La vida consiste en esto. Puede que
usted piense que ha de haber algo
más, pero en el momento en
que se da cuenta que está solo,
viendo la televisión, da por
sentado que esto es todo lo que existe
ahí afuera, y que es una locura
pensar en que haya otra cosa. Y desde
el momento en que está prohibido
organizarse, lo que es totalmente
decisivo, nunca se está en
condiciones de averiguar si realmente
está uno loco o simplemente
se da todo por bueno, que es lo más
lógico que se puede hacer.
Así pues, este es el ideal,
para alcanzar el cual se han desplegado
grandes esfuerzos. Y es evidente que
detrás de él hay una
cierta concepción: la de democracia,
tal como ya se ha dicho. El rebaño
desconcertado es un problema. Hay
que evitar que brame y pisotee, y
para ello habrá que distraerlo.
Será cuestión de conseguir
que los sujetos que lo forman se queden
en casa viendo partidos de fútbol,
culebrones o películas violentas,
aunque de vez en cuando se les saque
del sopor y se les convoque a corear
eslóganes sin sentido, como
Apoyad a. nuestras tropas. Hay que
hacer que conserven un miedo permanente,
porque a menos que estén debidamente
atemorizados por todos los posibles
males que pueden destruirles, desde
dentro o desde fuera, podrían
empezar a pensar por sí mismos,
lo cual es muy peligroso ya que no
tienen la capacidad de hacerlo. Por
ello es importante distraerles y marginarles.
Esta es una idea de democracia. De
hecho, si nos re montamos al pasado,
la última victoria legal de
los trabajadores fue realmente en
1935, con la Ley Wagner. Después
tras el inicio de la Primera Guerra
Mundial, los sindicatos entraron en
un declive, al igual que lo hizo una
rica y fértil cultura obrera
vinculada directamente con aquellos.
Todo quedó destruido y nos
vimos trasladados a una sociedad dominada
de manera singular por los criterios
empresariales. Era esta la única
sociedad industrial, dentro de un
sistema capitalista de Estado, en
la que ni siquiera se producía
el pacto social habitual que se podía
dar en latitudes comparables. Era
la única sociedad industrial
—aparte de Sudáfrica,
supongo— que no tenía
un servicio nacional de asistencia
sanitaria. No existía ningún
compromiso para elevar los estándares
mínimos de supervivencia de
los segmentos de la población
que no podían seguir las normas
y directrices imperantes ni conseguir
nada por sí mismos en el plano
individual. Por otra parte, los sindicatos
prácticamente no existían,
al igual que ocurría con otras
formas de asociación en la
esfera popular. No había organizaciones
políticas ni partidos: muy
lejos se estaba, por tanto, del ideal,
al menos en el plano estructural.
Los medios de información constituían
un monopolio corporativizado; todos
expresaban los mismos puntos de vista.
Los dos partidos eran dos facciones
del partido del poder financiero y
empresarial. Y así la mayor
parte de la población ni tan
solo se molestaba en ir a votar ya
que ello carecía totalmente
de sentido, quedando, por ello, debidamente
marginada. Al menos este era el objetivo.
La verdad es que el personaje más
destacado de la industria de las relaciones
públicas, Edward Bernays, procedía
de la Comisión Creel. Formó
parte de ella, aprendió bien
la lección y se puso manos
a la obra a desarrollar lo que él
mismo llamó la ingeniería
del consenso, que describió
como la esencia de la democracia.
Los individuos capaces de fabricar
consenso son los que tienen los recursos
y el poder de hacerlo —la comunidad
financiera y empresarial— y
para ellos trabaTambién es
necesario recabar el apoyo de la población
a las aventuras exteriores. Normalmente
la gente es pacifista, tal como sucedía
durante la Primera Guerra Mundial,
ya que no ve razones que justifiquen
la actividad bélica, la muerte
y la tortura. Por ello, para procurarse
este apoyo hay que aplicar ciertos
estímulos; y para estimularles
hay que asustarles. El mismo Bernays
tenía en su haber un importante
logro a este respecto, ya que fue
el encargado de dirigir la campaña
de relaciones públicas de la
United Fruit Company en 1954, cuando
los Estados Unidos intervinieron militarmente
para derribar al gobierno democrático-capitalista
de Guatemala e instalaron en su lugar
un régimen sanguinario de escuadrones
de la muerte, que se ha mantenido
hasta nuestros días a base
de repetidas infusiones de ayuda norteamericana
que tienen por objeto evitar algo
más que desviaciones democráticas
vacías de contenido. En estos
casos, es necesario hacer tragar por
la fuerza una y otra vez programas
domésticos hacia los que la
gente se muestra contraria, ya que
no tiene ningún sentido que
el público esté a favor
de programas que le son perjudiciales.
Y esto, también, exige una
propaganda amplia y general, que hemos
tenido oportunidad de ver en muchas
ocasiones durante los últimos
diez años. Los programas de
la era Reagan eran abrumadoramente
impopulares. Los votantes de la victoria
arrolladora de Reagan en 1984 esperaban,
en una proporción de tres a
dos, que no se promulgaran las medidas
legales anunciadas. Si tomamos programas
concretos, como el gasto en armamento,
o la reducción de recursos
en materia de gasto social, etc.,
prácticamente todos ellos recibían
una oposición frontal por parte
de la gente. Pero en la medida en
que se marginaba y apartaba a los
individuos de la cosa pública
y estos no encontraban el modo de
organizar y articular sus sentimientos,
o incluso de saber que había
otros que compartían dichos
sentimientos, los que decían
que preferían el gasto social
al gasto militar —y lo expresaban
en los sondeos, tal como sucedía
de manera generalizada— daban
por supuesto que eran los únicos
con tales ideas disparatadas en la
cabeza. Nunca habían oído
estas cosas de nadie más, ya
que había que suponer que nadie
pensaba así; y si lo había,
y era sincero en las encuestas, era
lógico pensar que se trataba
de un bicho raro. Desde el momento
en que un individuo no encuentra la
manera de unirse a otros que comparten
o refuerzan este parecer y que le
pueden transmitir la ayuda necesaria
para articularlo, acaso llegue a sentir
que es alguien excéntrico,
una rareza en un mar de normalidad.
De modo que acaba permaneciendo al
margen, sin prestar atención
a lo que ocurre, mirando hacia, otro
lado, como por ejemplo la final de
Copa.
Fabricación
de la opinión
También
es necesario recabar el apoyo de la
población a las aventuras exteriores.
Normalmente la gente es pacifista,
tal como sucedía durante la
Primera Guerra Mundial, ya que no
ve razones que justifiquen la actividad
bélica, la muerte y la tortura.
Por ello, para procurarse este apoyo
hay que aplicar ciertos estímulos;
y para estimularles hay que asustarles.
El mismo Bernays tenía en su
haber un importante logro a este respecto,
ya que fue el encargado de dirigir
la campaña de relaciones públicas
de la United Fruit Company en 1954,
cuando los Estados Unidos intervinieron
militarmente para derribar al gobierno
democrático-capitalista de
Guatemala e instalaron en su lugar
un régimen sanguinario de escuadrones
de la muerte, que se ha mantenido
hasta nuestros días a base
de repetidas infusiones de ayuda norteamericana
que tienen por objeto evitar algo
más que desviaciones democráticas
vacías de contenido. En estos
casos, es necesario hacer tragar por
la fuerza una y otra vez programas
domésticos hacia los que la
gente se muestra contraria, ya que
no tiene ningún sentido que
el público esté a favor
de programas que le son perjudiciales.
Y esto, también, exige una
propaganda amplia y general, que hemos
tenido oportunidad de ver en muchas
ocasiones durante los últimos
diez años. Los programas de
la era Reagan eran abrumadoramente
impopulares. Los votantes de la victoria
arrolladora de Reagan en 1984 esperaban,
en una proporción de tres a
dos, que no se promulgaran las medidas
legales anunciadas. Si tomamos programas
concretos, como el gasto en armamento,
o la reducción de recursos
en materia de gasto social, etc.,
prácticamente todos ellos recibían
una oposición frontal por parte
de la gente. Pero en la medida en
que se marginaba y apartaba a los
individuos de la cosa pública
y estos no encontraban el modo de
organizar y articular sus sentimientos,
o incluso de saber que había
otros que compartían dichos
sentimientos, los que decían
que preferían el gasto social
al gasto militar —y lo expresaban
en los sondeos, tal como sucedía
de manera generalizada— daban
por supuesto que eran los únicos
con tales ideas disparatadas en la
cabeza. Nunca habían oído
estas cosas de nadie más, ya
que había que suponer que nadie
pensaba así; y si lo había,
y era sincero en las encuestas, era
lógico pensar que se trataba
de un bicho raro. Desde el momento
en que un individuo no encuentra la
manera de unirse a otros que comparten
o refuerzan este parecer y que le
pueden transmitir la ayuda necesaria
para articularlo, acaso llegue a sentir
que es alguien excéntrico,
una rareza en un mar de normalidad.
De modo que acaba permaneciendo al
margen, sin prestar atención
a lo que ocurre, mirando hacia, otro
lado, como por ejemplo la final de
Copa.
Así pues, hasta
cierto punto se alcanzó el
ideal, aunque nunca de forma completa,
ya que hay instituciones que hasta
ahora ha sido imposible destruir:
por ejemplo, las iglesias. Buena parte
de la actividad disidente de los Estados
Unidos se producía en las iglesias
por la sencilla razón de que
estas existían. Por ello, cuando
había que dar una conferencia
de carácter político
en un país europeo era muy
probable que se celebrara en los locales
de algún sindicato, cosa harto
difícil en América ya
que, en primer lugar, estos apenas
existían o, en el mejor de
los casos, no eran organizaciones
políticas. Pero las iglesias
sí existían, de manera
que las charlas y conferencias se
hacían con frecuencia en ellas:
la solidaridad con Centroamérica
se originó en su mayor parte
en las iglesias, sobre todo porque
existían.
El rebaño desconcertado nunca
acaba de estar debidamente domesticado:
es una batalla permanente. En la década
de 1930 surgió otra vez, pero
se pudo sofocar el movimiento. En
los años sesenta apareció
una nueva ola de disidencia, a la
cual la clase especializada le puso
el nombre de crisis de la democracia.
Se consideraba que la democracia estaba
entrando en una crisis porque amplios
segmentos de la población se
estaban organizando de manera activa
y estaban intentando participar en
la arena política. El conjunto
de élites coincidían
en que había que aplastar el
renacimiento democrático de
los sesenta y poner en marcha un sistema
social en el que los recursos se canalizaran
hacia las clases acaudaladas privilegiadas.
Y aquí hemos de volver a las
dos concepciones de democracia que
hemos mencionado en párrafos
anteriores. Según la definición
del diccionario, lo anterior constituye
un avance en democracia; según
el criterio predominante, es un problema,
una crisis que ha de ser vencida.
Había que obligar a la población
a que retrocediera y volviera a la
apatía, la obediencia y la
pasividad, que conforman su estado
natural, para lo cual se hicieron
grandes esfuerzos, si bien no funcionó.
Afortunadamente, la crisis de la democracia
todavía está vivita
y coleando, aunque no ha resultado
muy eficaz a la hora de conseguir
un cambio político. Pero, contrariamente
a lo que mucha gente cree, sí
ha dado resultados en lo que se refiere
al cambio de la opinión pública.
Después de la década
de 1960 se hizo todo lo posible para
que la enfermedad diera marcha atrás.
La verdad es que uno de los aspectos
centrales de dicho mal tenía
un nombre técnico: el síndrome
de Vietnam, término que surgió
en torno a 1970 y que de vez en cuando
encuentra nuevas definiciones. El
intelectual reaganista Norman Podhoretz
habló de élcomo las
inhibiciones enfermizas respecto al
uso de la fuerza militar. Pero resulta
que era la mayoría de la gente
la que experimentaba dichas inhibiciones
contra la violencia, ya que simplemente
no entendía por qué
había que ir por el mundo torturando,
matando o lanzando bombardeos intensivos.
Como ya supo Goebbels en su día,
es muy peligroso que la población
se rinda ante estas inhibiciones enfermizas,
ya que en ese caso habría un
límite a las veleidades aventureras
de un país fuera de sus fronteras.
Tal como decía con orgullo
el Washington Post durante la histeria
colectiva que se produjo durante la
guerra del golfo Pérsico, es
necesario infundir en la gente respeto
por los valores marciales. Y eso sí
es importante. Si se quiere tener
una sociedad violenta que avale la
utilización de la fuerza en
todo el mundo para alcanzar los fines
de su propia élite doméstica,
es necesario valorar debidamente las
virtudes guerreras y no esas inhibiciones
achacosas acerca del uso de la violencia.
Esto es el síndrome de Vietnam:
hay que vencerlo.
La representación
como realidad
También es preciso
falsificar totalmente la historia.
Ello constituye otra manera de vencer
esas inhibiciones enfermizas, para
simular que cuando atacamos y destruimos
a alguien lo que estamos haciendo
en realidad es proteger y defendernos
a nosotros mismos de los peores monstruos
y agresores, y cosas por el estilo.
Desde la guerra del Vietnam se ha
realizado un enorme esfuerzo por reconstruir
la historia. Demasiada gente, incluidos
gran número de soldados y muchos
jóvenes que estuvieron involucrados
en movimientos por la paz o antibelicistas,
comprendía lo que estaba pasando.
Y eso no era bueno. De nuevo había
que poner orden en aquellos malos
pensamientos y recuperar alguna forma
de cordura, es decir, la aceptación
de que sea lo que fuere lo que hagamos,
ello es noble y correcto. Si bombardeábamos
Vietnam del Sur, se debía a
que estábamos defendiendo el
país de alguien, esto es, de
los sudvietnamitas, ya que allí
no había nadie más.
Es lo que los intelectuales kenedianos
denominaban defensa contra la agresión
interna en Vietnam del Sur, expresión
acuñada por Adiai Stevenson,
entre otros. Así pues, era
necesario que esta fuera la imagen
oficial e inequívoca; y ha
funcionado muy bien, ya que si se
tiene el control absoluto de los medios
de comunicación y el sistema
educativo y la intelectualidad son
conformistas, puede surtir efecto
cualquier política. Un indicio
de ello se puso de manifiesto en un
estudio llevado a cabo en la Universidad
de Massachusetts sobre las diferentes
actitudes ante la crisis del Golfo
Pérsico, y que se centraba
en las opiniones que se manifestaban
mientras se veía la televisión.
Una de las preguntas de dicho estudio
era: ¿Cuantas víctimas
vietnamitas calcula usted que hubo
durante la guerra del Vietnam? La
respuesta promedio que se daba era
en torno a 100.000, mientras que las
cifras oficiales hablan de dos millones,
y las reales probablemente sean de
tres o cuatro millones. Los responsables
del estudio formulaban a continuación
una pregunta muy oportuna: ¿Qué
pensaríamos de la cultura política
alemana si cuando se le preguntara
a la gente cuantos judíos murieron
en el Holocausto la respuesta fuera
unos 300.000? La pregunta quedaba
sin respuesta, pero podemos tratar
de encontrarla. ¿Qué
nos dice todo esto sobre nuestra cultura?
Pues bastante: es preciso vencer las
inhibiciones enfermizas respecto al
uso de la fuerza militar y a otras
desviaciones democráticas.
Y en este caso dio resultados satisfactorios
y demostró ser cierto en todos
los terrenos posibles: tanto si elegimos
Próximo Oriente, el terrorismo
internacional o Centroamérica.
El cuadro del mundo que se presenta
a la gente no tiene la más
mínima relación con
la realidad, ya que la verdad sobre
cada asunto queda enterrada bajo montañas
de mentiras. Se ha alcanzado un éxito
extraordinario en el sentido de disuadir
las amenazas democráticas,
y lo realmente interesante es que
ello se ha producido en condiciones
de libertad. No es como en un estado
totalitario, donde todo se hace por
la fuerza. Esos logros son un fruto
conseguido sin violar la libertad.
Por ello, si queremos entender y conocer
nuestra sociedad, tenemos que pensar
en todo esto, en estos hechos que
son importantes para todos aquellos
que se interesan y preocupan por el
tipo de sociedad en el que viven.
La cultura
disidente
A
pesar de todo, la cultura disidente
sobrevivió, y ha experimentado
un gran crecimiento desde la década
de los sesenta. Al principio su desarrollo
era sumamente lento, ya que, por ejemplo,
no hubo protestas contra la guerra
de Indochina hasta algunos años
después de que los Estados
Unidos empezaran a bombardear Vietnam
del Sur. En los inicios de su andadura
era un reducido movimiento contestatario,
formado en su mayor parte por estudiantes
y jóvenes en general, pero
hacia principios de los setenta ya
había cambiado de forma notable.
Habían surgido movimientos
populares importantes: los ecologistas,
las feministas, los antinucleares,
etcétera. Por otro lado, en
la década de 1980 se produjo
una expansión incluso mayor
y que afectó a todos los movimientos
de solidaridad, algo realmente nuevo
e importante al menos en la historia
de América y quizás
en toda la disidencia mundial. La
verdad es que estos eran movimientos
que no solo protestaban sino que se
implicaban a fondo en las vidas de
todos aquellos que sufrían
por alguna razón en cualquier
parte del mundo. Y sacaron tan buenas
lecciones de todo ello, que ejercieron
un enorme efecto civilizador sobre
las tendencias predominantes en la
opinión pública americana.
Y a partir de ahí se marcaron
diferencias, de modo que cualquiera
que haya estado involucrado es este
tipo de actividades durante algunos
años ha de saberlo perfectamente.
Yo mismo soy consciente de que el
tipo de conferencias que doy en la
actualidad en las regiones más
reaccionarias del país —la
Georgia central, el Kentucky rural—
no las podría haber pronunciado,
en el momento culminante del movimiento
pacifista, ante una audiencia formada
por los elementos más activos
de dicho movimiento. Ahora, en cambio,
en ninguna parte hay ningún
problema. La gente puede estar o no
de acuerdo, pero al menos comprende
de qué estás hablando
y hay una especie de terreno común
en el que es posible cuando menos
entenderse.
A pesar de toda la propaganda y de
todos los intentos por controlar el
pensamiento y fabricar el consenso,
lo anterior constituye un conjunto
de signos de efecto civilizador. Se
está adquiriendo una capacidad
y una buena disposición para
pensar las cosas con el máximo
detenimiento. Ha crecido el escepticismo
acerca del poder.
Han cambiado muchas actitudes hacia
un buen número de cuestiones,
lo que ha convertido todo este asunto
en algo lento, quizá incluso
frío, pero perceptible e importante,
al margen de si acaba siendo o no
lo bastante rápido como para
influir de manera significativa en
los aconteceres del mundo. Tomemos
otro ejemplo: la brecha que se ha
abierto en relación al género.
A principios de la década de
1960 las actitudes de hombres y mujeres
eran aproximadamente las mismas en
asuntos como las virtudes castrenses,
igual que lo eran las inhibiciones
enfermizas respecto al uso de la fuerza
militar. Por entonces, nadie, ni hombres
ni mujeres, se resentía a causa
de dichas posturas, dado que las respuestas
coincidían: todo el mundo pensaba
que la utilización de la violencia
para reprimir a la gente de por ahí
estaba justificada. Pero con el tiempo
las cosas han cambiado. Aquellas inhibiciones
han experimentado un crecimiento lineal,
aunque al mismo tiempo ha aparecido
un desajuste que poco a poco ha llegado
a ser sensiblemente importante y que
según los sondeos ha alcanzado
el 20%. ¿Qué ha pasado?
Pues que las mujeres han formado un
tipo de movimiento popular semiorganizado,
el movimiento feminista, que ha ejercido
una influencia decisiva, ya que, por
un lado, ha hecho que muchas mujeres
se dieran cuenta de que no estaban
solas, de que había otras con
quienes compartir las mismas ideas,
y, por otro, en la organización
se pueden apuntalar los pensamientos
propios y aprender más acerca
de las opiniones e ideas que cada
uno tiene. Si bien estos movimientos
son en cierto modo informales, sin
carácter militante, basados
más bien en una disposición
del ánimo en favor de las interacciones
personales, sus efectos sociales han
sido evidentes. Y este es el peligro
de la democracia: si se pueden crear
organizaciones, si la gente no permanece
simplemente pegada al televisor, pueden
aparecer estas ideas extravagantes,
como las inhibiciones enfermizas respecto
al uso de la fuerza militar. Hay que
vencer estas tentaciones, pero no
ha sido todavía posible.
Desfile de
enemigos
En vez de hablar de la guerra pasada,
hablemos de la guerra que viene, porque
a veces es más útil
estar preparado para lo que puede
venir que simplemente reaccionar ante
lo que ocurre. En la actualidad se
está produciendo en los Estados
Unidos —y no es el primer país
en que esto sucede— un proceso
muy característico. En el ámbito
interno, hay problemas económicos
y sociales crecientes que pueden devenir
en catástrofes, y no parece
haber nadie, de entre los que detentan
el poder, que tenga intención
alguna de prestarles atención.
Si se echa una ojeada a los programas
de las distintas administraciones
durante los últimos diez años
no se observa ninguna propuesta seria
sobre lo que hay que hacer para resolver
los importantes problemas relativos
a la salud, la educación, los
que no tienen hogar, los parados,
el índice de criminalidad,
la delincuencia creciente que afecta
a amplias capas de la población,
las cárceles, el deterioro
de los barrios periféricos,
es decir, la colección completa
de problemas conocidos. Todos conocemos
la situación, y sabemos que
está empeorando. Solo en los
dos años que George Bush estuvo
en el poder hubo tres millones más
de niños que cruzaron el umbral
de la pobreza, la deuda externa creció
progresivamente, los estándares
educativos experimentaron un declive,
los salarios reales retrocedieron
al nivel de finales de los años
cincuenta para la gran mayoría
de la población, y nadie hizo
absolutamente nada para remediarlo.
En estas circunstancias hay que desviar
la atención del rebaño
desconcertado ya que si empezara a
darse cuenta de lo que ocurre podría
no gustarle, porque es quien recibe
directamente las consecuencias de
lo anterior. Acaso entretenerles simplemente
con la final de Copa o los culebrones
no sea suficiente y haya que avivar
en él el miedo a los enemigos.
En los años treinta Hitler
difundió entre los alemanes
el miedo a los judíos y a los
gitanos: había que machacarles
como forma de autodefensa. Pero nosotros
también tenemos nuestros métodos.
A lo largo de la última década,
cada año o a lo sumo cada dos,
se fabrica algún monstruo de
primera línea del que hay que
defenderse. Antes los que estaban
más a mano eran los rusos,
de modo que había que estar
siempre a punto de protegerse de ellos.
Pero, por desgracia, han perdido atractivo
como enemigo, y cada vez resulta más
difícil utilizarles como tal,
de modo que hay que hacer que aparezcan
otros de nueva estampa. De hecho,
la gente fue bastante injusta al criticar
a George Bush por haber sido incapaz
de expresar con claridad hacia dónde
estábamos siendo impulsados,
ya que hasta mediados de los años
ochenta, cuando andábamos despistados
se nos ponía constantemente
el mismo disco: que vienen los rusos.
Pero al perderlos como encamación
del lobo feroz hubo que fabricar otros,
al igual que hizo el aparato de relaciones
públicas reaganiano en su momento.
Y así, precisamente con Bush,
se empezó a utilizar a los
terroristas internacionales, a los
narcotraficantes, a los locos caudillos
árabes o a Sadam Husein, el
nuevo Hitler que iba a conquistar
el mundo. Han tenido que hacerles
aparecer a uno tras otro, asustando
a la población, aterrorizándola,
de forma que ha acabado muerta de
miedo y apoyando cualquier iniciativa
del poder. Así se han podido
alcanzar extraordinarias victorias
sobre Granada, Panamá, o algún
otro ejército del Tercer Mundo
al que se puede pulverizar antes siquiera
de tomarse la molestia de mirar cuántos
son. Esto da un gran alivio, ya que
nos hemos salvado en el último
momento.
Tenemos así, pues, uno de los
métodos con el cual se puede
evitar que el rebaño desconcertado
preste atención a lo que está
sucediendo a su alrededor, y permanezca
distraído y controlado. Recordemos
que la operación terrorista
internacional más importante
llevada a cabo hasta la fecha ha sido
la operación Mongoose, a cargo
de la administración Kennedy,
a partir de la cual este tipo de actividades
prosiguieron contra Cuba. Parece que
no ha habido nada que se le pueda
comparar ni de lejos, a excepción
quizás de la guerra contra
Nicaragua, si convenimos en denominar
aquello también terrorismo.
El Tribunal de La Haya consideró
que aquello era algo más que
una agresión.
Cuando se trata de construir un monstruo
fantástico siempre se produce
una ofensiva ideológica, seguida
de campañas para aniquilarlo.
No se puede atacar si el adversario
es capaz de defenderse: sería
demasiado peligroso. Pero si se tiene
la seguridad de que se le puede vencer,
quizá se le consiga despachar
rápido y lanzar así
otro suspiro de alivio.
Percepción
selectiva
Esto ha venido
sucediendo desde hace tiempo. En mayo
de 1986 se publicaron las memorias
del preso cubano liberado Armando
Valladares, que causaron rápidamente
sensación en los medios de
comunicación. Voy a brindarles
algunas citas textuales. Los medios
informativos describieron sus revelaciones
como «el relato definitivo del
inmenso sistema de prisión
y tortura con el que Castro castiga
y elimina a la oposición política».
Era «una descripción
evocadora e inolvidable» de
las «cárceles bestiales,
la tortura inhumana [y] el historial
de violencia de estado [bajo] todavía
uno de los asesinos de masas de este
siglo», del que nos enteramos,
por fin, gracias a este libro, que
«ha creado un nuevo despotismo
que ha institucionalizado la tortura
como mecanismo de control social»
en el «infierno que era la Cuba
en la que [Valladares] vivió».
Esto es lo que apareció en
el Washington Post y el New York Times
en sucesivas reseñas. Las atrocidades
de Castro —descrito como un
«matón dictador»—
se revelaron en este libro de manera
tan concluyente que «solo los
intelectuales occidentales fríos
e insensatos saldrán en defensa
del tirano», según el
primero de los diarios citados. Recordemos
que estamos hablando de lo que le
ocurrió a un hombre. Y supongamos
que todo lo que se dice en el libro
es verdad. No le hagamos demasiadas
preguntas al protagonista de la historia.
En una ceremonia celebrada en la Casa
Blanca con motivo del Día de
los Derechos Humanos, Ronald Reagan
destacó a Armando Valladares
e hizo mención especial de
su coraje al soportar el sadismo del
sangriento dictador cubano. A continuación,
se le designó representante
de los Estados Unidos en la Comisión
de Derechos Humanos de las Naciones
Unidas. Allí tuvo la oportunidad
de prestar notables servicios en la
defensa de los gobiernos de El Salvador
y Guatemala en el momento en que estaban
recibiendo acusaciones de cometer
atrocidades a tan gran escala que
cualquier vejación que Valladares
pudiera haber sufrido tenía
que considerarse forzosamente de mucha
menor entidad. Así es como
están las cosas.
La historia que viene ahora también
ocurría en mayo de 1986, y
nos dice mucho acerca de la fabricación
del consenso. Por entonces, los supervivientes
del Grupo de Derechos Humanos de El
Salvador —sus líderes
habían sido asesinados—
fueron detenidos y torturados, incluyendo
al director, Herbert Anaya. Se les
encarceló en una prisión
llamada La Esperanza, pero mientras
estuvieron en ella continuaron su
actividad de defensa de los derechos
humanos, y, dado que eran abogados,
siguieron tomando declaraciones juradas.
Había en aquella cárcel
432 presos, de los cuales 430 declararon
y relataron bajo juramento las torturas
que habían recibido: aparte
de la picana y otras atrocidades,
se incluía el caso de un interrogatorio,
y la tortura consiguiente, dirigido
por un oficial del ejército
de los Estados Unidos de uniforme,
al cual se describía con todo
detalle. Ese informe —160 páginas
de declaraciones juradas de los presos—
constituye un testimonio extraordinariamente
explícito y exhaustivo, acaso
único en lo referente a los
pormenores de lo que ocurre en una
cámara de tortura. No sin dificultades
se consiguió sacarlo al exterior,
junto con una cinta de vídeo
que mostraba a la gente mientras testificaba
sobre las torturas, y la Marin County
Interfaith Task Force (Grupo de trabajo
multiconfesional Marin County) se
encargó de distribuirlo. Pero
la prensa nacional se negó
a hacer su cobertura informativa y
las emisoras de televisión
rechazaron la emisión del vídeo.
Creo que como mucho apareció
un artículo en el periódico
local de Marin County, el San Francisco
Examiner. Nadie iba a tener interés
en aquello. Porque estábamos
en la época en que no eran
pocos los intelectuales insensatos
y ligeros de cascos que estaban cantando
alabanzas a José Napoleón
Duarte y Ronald Reagan.
Anaya no fue objeto de ningún
homenaje. No hubo lugar para él
en el Día de los Derechos Humanos.
No fue elegido para ningún
cargo importante. En vez de ello fue
liberado en un intercambio de prisioneros
y posteriormente asesinado, al parecer
por las fuerzas de seguridad siempre
apoyadas militar y económicamente
por los Estados Unidos. Nunca se tuvo
mucha información sobre aquellos
hechos: los medios de comunicación
no llegaron en ningún momento
a preguntarse si la revelación
de las atrocidades que se denunciaban
—en vez de mantenerlas en secreto
y silenciarlas— podía
haber salvado su vida.
Todo lo anterior nos enseña
mucho acerca del modo de funcionamiento
de un sistema de fabricación
de consenso. En comparación
con las revelaciones de Herbert Anaya
en El Salvador, las memorias de Valladares
son como una pulga al lado de un elefante.
Pero no podemos ocuparnos de pequeñeces,
lo cual nos conduce hacia la próxima
guerra. Creo que cada vez tendremos
más noticias sobre todo esto,
hasta que tenga lugar la operación
siguiente.
Solo algunas consideraciones sobre
lo último que se ha dicho,
si bien al final volveremos sobre
ello. Empecemos recordando el estudio
de la Universidad de Massachusetts
ya mencionado, ya que llega a conclusiones
interesantes. En él se preguntaba
a la gente si creía que los
Estados Unidos debía intervenir
por la fuerza para impedir la invasión
ilegal de un país soberano
o para atajar los abusos cometidos
contra los derechos humanos. En una
proporción de dos a uno la
respuesta del público americano
era afirmativa. Había que utilizar
la fuerza militar para que se diera
marcha atrás en cualquier caso
de invasión o para que se respetaran
los derechos humanos. Pero si los
Estados Unidos tuvieran que seguir
al pie de la letra el consejo que
se deriva de la citada encuesta, habría
que bombardear El Salvador, Guatemala,
Indonesia, Damasco, Tel Aviv, Ciudad
del Cabo, Washington, y una lista
interminable de países, ya
que todos ellos representan casos
manifiestos, bien de invasión
ilegal, bien de violación de
derechos humanos. Si uno conoce los
hechos vinculados a estos ejemplos,
comprenderá perfectamente que
la agresión y las atrocidades
de Sadam Husein —que tampoco
son de carácter extremo—
se incluyen claramente dentro de este
abanico de casos. ¿Por qué,
entonces, nadie llega a esta conclusión?
La respuesta es que nadie sabe lo
suficiente. En un sistema de propaganda
bien engrasado nadie sabrá
de qué hablo cuando hago una
lista como la anterior. Pero si alguien
se molesta en examinarla con cuidado,
verá que los ejemplos son totalmente
apropiados.
Tomemos uno que, de forma amenazadora,
estuvo a punto de ser percibido durante
la guerra del Golfo. En febrero, justo
en la mitad de la campaña de
bombardeos, el gobierno del Líbano
solicitó a Israel que observara
la resolución 425 del Consejo
de Seguridad de las Naciones Unidas,
de marzo de 1978, por la que se le
exigía que se retirara inmediata
e incondicionalmente del Líbano.
Después de aquella fecha ha
habido otras resoluciones posteriores
redactadas en los mismos términos,
pero desde luego Israel no ha acatado
ninguna de ellas porque los Estados
Unidos dan su apoyo al mantenimiento
de la ocupación. Al mismo tiempo,
el sur del Líbano recibe las
embestidas del terrorismo del estado
judío, y no solo brinda espacio
para la ubicación de campos
de tortura y aniquilamiento sino que
también se utiliza como base
para atacar a otras partes del país.
Desde 1978, fecha de la resolución
citada, el Líbano fue invadido,
la ciudad de Beirut sufrió
continuos bombardeos, unas 20.000
personas murieron —en torno
al 80% eran civiles—, se destruyeron
hospitales, y la población
tuvo que soportar todo el daño
imaginable, incluyendo el robo y el
saqueo. Excelente... los Estados Unidos
lo apoyaban. Es solo un ejemplo. La
cuestión está en que
no vimos ni oímos nada en los
medios de información acerca
de todo ello, ni siquiera una discusión
sobre si Israel y los Estados Unidos
deberían cumplir la resolución
425 del Consejo de Seguridad, o cualquiera
de las otras posteriores, del mismo
modo que nadie solicitó el
bombardeo de Tel Aviv, a pesar de
los principios defendidos por dos
tercios de la población. Porque,
después de todo, aquello es
una ocupación ilegal de un
territorio en el que se violan los
derechos humanos. Solo es un ejemplo,
pero los hay incluso peores. Cuando
el ejército de Indonesia invadió
Timor Oriental dejó un rastro
de 200.000 cadáveres, cifra
que no parece tener importancia al
lado de otros ejemplos. El caso es
que aquella invasión también
recibió el apoyo claro y explícito
de los Estados Unidos, que todavía
prestan al gobierno indonesio ayuda
diplomática y militar. Y podríamos
seguir indefinidamente.
La guerra del Golfo
Veamos otro
ejemplo mas reciente. Vamos viendo
cómo funciona un sistema de
propaganda bien engrasado. Puede que
la gente crea que el uso de la fuerza
contra Iraq se debe a que América
observa realmente el principio de
que hay que hacer frente a las invasiones
de países extranjeros o a las
transgresiones de los derechos humanos
por la vía militar, y que no
vea, por el contrario, qué
pasaría si estos principios
fueran también aplicables a
la conducta política de los
Estados Unidos. Estamos antes un éxito
espectacular de la propaganda.
Tomemos otro caso. Si se analiza detenidamente
la cobertura periodística de
la guerra desde el mes de agosto (1990),
se ve, sorprendentemente, que faltan
algunas opiniones de cierta relevancia.
Por ejemplo, existe una oposición
democrática iraquí de
cierto prestigio, que, por supuesto,
permanece en el exilio dada la quimera
de sobrevivir en Iraq. En su mayor
parte están en Europa y son
banqueros, ingenieros, arquitectos,
gente así, es decir, con cierta
elocuencia, opiniones propias y capacidad
y disposición para expresarlas.
Pues bien, cuando Sadam Husein era
todavía el amigo favorito de
Bush y un socio comercial privilegiado,
aquellos miembros de la oposición
acudieron a Washington, según
las fuentes iraquíes en el
exilio, a solicitar algún tipo
de apoyo a sus demandas de constitución
de un parlamento democrático
en Iraq. Y claro, se les rechazó
de plano, ya que los Estados Unidos
no estaban en absoluto interesados
en lo mismo. En los archivos no consta
que hubiera ninguna reacción
ante aquello.
A partir de agosto fue un poco más
difícil ignorar la existencia
de dicha oposición, ya que
cuando de repente se inició
el enfrentamiento con Sadam Husein
después de haber sido su más
firme apoyo durante años, se
adquirió también conciencia
de que existía un grupo de
demócratas iraquíes
que seguramente tenían algo
que decir sobre el asunto. Por lo
pronto, los opositores se sentirían
muy felices si pudieran ver al dictador
derrocado y encarcelado, ya que había
matado a sus hermanos, torturado a
sus hermanas y les había mandado
a ellos mismos al exilio. Habían
estado luchando contra aquella tiranía
que Ronald Reagan y George Bush habían
estado protegiendo. ¿Por qué
no se tenía en cuenta, pues,
su opinión? Echemos un vistazo
a los medios de información
de ámbito nacional y tratemos
de encontrar algo acerca de la oposición
democrática iraquí desde
agosto de 1990 hasta marzo de 1991:
ni una línea. Y no es a causa
de que dichos resistentes en el exilio
no tengan facilidad de palabra, ya
que hacen repetidamente declaraciones,
propuestas, llamamientos y solicitudes,
y, si se les observa, se hace difícil
distinguirles de los componentes del
movimiento pacifista americano. Están
contra Sadam Husein y contra la intervención
bélica en Iraq. No quieren
ver cómo su país acaba
siendo destruido, desean y son perfectamente
conscientes de que es posible una
solución pacífica del
conflicto. Pero parece que esto no
es políticamente correcto,
por lo que se les ignora por completo.
Así que no oímos ni
una palabra acerca de la oposición
democrática iraquí,
y si alguien está interesado
en saber algo de ellos puede comprar
la prensa alemana o la británica.
Tampoco es que allí se les
haga mucho caso, pero los medios de
comunicación están menos
controlados que los americanos, de
modo que, cuando menos, no se les
silencia por completo.
Lo descrito en los párrafos
anteriores ha constituido un logro
espectacular de la propaganda. En
primer lugar, se ha conseguido excluir
totalmente las voces de los demócratas
iraquíes del escenario político,
y, segundo, nadie se ha dado cuenta,
lo cual es todavía más
interesante. Hace falta que la población
esté profundamente adoctrinada
para que no haya reparado en que no
se está dando cancha a las
opiniones de la oposición iraquí,
aunque, caso de haber observado el
hecho, si se hubiera formulado la
pregunta ¿por qué?,
la respuesta habría sido evidente:
porque los demócratas iraquíes
piensan por sí mismos; están
de acuerdo con los presupuestos del
movimiento pacifista internacional,
y ello les coloca en fuera de juego.
Veamos ahora las razones que justificaban
la guerra. Los agresores no podían
ser recompensados por su acción,
sino que había que detener
la agresión mediante el recurso
inmediato a la violencia: esto lo
explicaba todo. En esencia, no se
expuso ningún otro motivo.
Pero, ¿es posible que sea esta
una explicación admisible?
¿Defienden en verdad los Estados
Unidos estos principios: que los agresores
no pueden obtener ningún premio
por su agresión y que esta
debe ser abortada mediante el uso
de la violencia? No quiero poner a
prueba la inteligencia de quien me
lea al repasar los hechos, pero el
caso es que un adolescente que simplemente
supiera leer y escribir podría
rebatir estos argumentos en dos minutos.
Pero nunca nadie lo hizo. Fijémonos
en los medios de comunicación,
en los comentaristas y críticos
liberales, en aquellos que declaraban
ante el Congreso, y veamos si había
alguien que pusiera en entredicho
la suposición de que los Estados
Unidos era fiel de verdad a esos principios.
¿Se han opuesto los Estados
Unidos a su propia agresión
a Panamá, y se ha insistido,
por ello, en bombardear Washington?
Cuando se declaró ilegal la
invasión de Namibia por parte
de Sudáfrica, ¿impusieron
los Estados Unidos sanciones y embargos
de alimentos y medicinas? ¿Declararon
la guerra? ¿Bombardearon Ciudad
del Cabo? No, transcurrió un
período de veinte años
de diplomacia discreta. Y la verdad
es que no fue muy divertido lo que
ocurrió durante estos años,
dominados por las administraciones
de Reagan y Bush, en los que aproximadamente
un millón y medio de personas
fueron muertas a manos de Sudáfrica
en los países limítrofes.
Pero olvidemos lo que ocurrió
en Sudáfrica y Namibia: aquello
fue algo que no lastimó nuestros
espíritus sensibles. Proseguimos
con nuestra diplomacia discreta para
acabar concediendo una generosa recompensa
a los agresores. Se les concedió
el puerto más importante de
Namibia y numerosas ventajas que tenían
que ver con su propia seguridad nacional.
¿Dónde está aquel
famoso principio que defendemos? De
nuevo, es un juego de niños
el demostrar que aquellas no podían
ser de ningún modo las razones
para ir a la guerra, precisamente
porque nosotros mismos no somos fieles
a estos principios.
Pero nadie lo hizo; esto es lo importante.
Del mismo modo que nadie se molestó
en señalar la conclusión
que se seguía de todo ello:
que no había razón alguna
para la guerra. Ninguna, al menos,
que un adolescente no analfabeto no
pudiera refutar en dos minutos. Y
de nuevo estamos ante el sello característico
de una cultura totalitaria. Algo sobre
lo que deberíamos reflexionar
ya que es alarmante que nuestro país
sea tan dictatorial que nos pueda
llevar a una guerra sin dar ninguna
razón de ello y sin que nadie
se entere de los llamamientos del
Líbano. Es realmente chocante.
Justo antes de que empezara el bombardeo,
a mediados de enero, un sondeo llevado
a cabo por el Washington Post y la
cadena abc revelaba un dato interesante.
La pregunta formulada era: si Iraq
aceptara retirarse de Kuwait a cambio
de que el Consejo de Seguridad estudiara
la resolución del conflicto
árabe-israelí, ¿estaría
de acuerdo? Y el resultado nos decía
que, en una proporción de dos
a uno, la población estaba
a favor. Lo mismo sucedía en
el mundo entero, incluyendo a la oposición
iraquí, de forma que en el
informe final se reflejaba el dato
de que dos tercios de los americanos
daban un sí como respuesta
a la pregunta referida. Cabe presumir
que cada uno de estos individuos pensaba
que era el único en el mundo
en pensar así, ya que desde
luego en la prensa nadie había
dicho en ningún momento que
aquello pudiera ser una buena idea.
Las órdenes de Washington habían
sido muy claras, es decir, hemos de
estar en contra de cualquier conexión,
es decir, de cualquier relación
diplomática, por lo que todo
el mundo debía marcar el paso
y oponerse a las soluciones pacíficas
que pudieran evitar la guerra. Si
intentamos encontrar en la prensa
comentarios o reportajes al respecto,
solo descubriremos una columna de
Alex Cockbum en Los Angeles Times,
en la que este se mostraba favorable
a la respuesta mayoritaria de la encuesta.
Seguramente, los que contestaron la
pregunta pensaban estoy solo, pero
esto es lo que pienso. De todos modos,
supongamos que hubieran sabido que
no estaban solos, que había
otros, como la oposición democrática
iraquí, que pensaban igual.
Y supongamos también que sabían
que la pregunta no era una mera hipótesis,
sino que, de hecho, Iraq había
hecho precisamente la oferta señalada,
y que esta había sido dada
a conocer por el alto mando del ejército
americano justo ocho días antes:
el día 2 de enero. Se había
difundido la oferta iraquí
de retirada total de Kuwait a cambio
de que el Consejo de Seguridad discutiera
y resolviera el conflicto árabe-israelí
y el de las armas de destrucción
masiva. (Recordemos que los Estados
Unidos habían estado rechazando
esta negociación desde mucho
antes de la invasión de Kuwait).
Supongamos, asimismo, que la gente
sabía que la propuesta estaba
realmente encima de la mesa, que recibía
un apoyo generalizado, y que, de hecho,
era algo que cualquier persona racional
haría si quisiera la paz, al
igual que hacemos en otros casos,
más esporádicos, en
que precisamos de verdad repeler la
agresión. Si suponemos que
se sabía todo esto, cada uno
puede hacer sus propias conjeturas.
Personalmente doy por sentado que
los dos tercios mencionados se habrían
convertido, casi con toda probabilidad,
en el 98% de la población.
Y aquí tenemos otro éxito
de la propaganda. Es casi seguro que
no había ni una sola persona,
de las que contestaron la pregunta,
que supiera algo de lo referido en
este párrafo porque seguramente
pensaba que estaba sola. Por ello,
fue posible seguir adelante con la
política belicista sin ninguna
oposición. Hubo mucha discusión,
protagonizada por el director de la
CIA, entre otros, acerca de si las
sanciones serían eficaces o
no. Sin embargo no se discutía
la cuestión más simple:
¿habían funcionado las
sanciones hasta aquel momento? Y la
respuesta era que sí, que por
lo visto habían dado resultados,
seguramente hacia finales de agosto,
y con más probabilidad hacia
finales de diciembre. Es muy difícil
pensar en otras razones que justifiquen
las propuestas iraquíes de
retirada, autentificadas o, en algunos
casos, difundidas por el Estado Mayor
estadounidense, que las consideraba
serias y negociables. Así la
pregunta que hay que hacer es: ¿Habían
sido eficaces las sanciones? ¿Suponían
una salida a la crisis? ¿Se
vislumbraba una solución aceptable
para la población en general,
la oposición democrática
iraquí y el mundo en su conjunto?
Estos temas no se analizaron ya que
para un sistema de propaganda eficaz
era decisivo que no aparecieran como
elementos de discusión, lo
cual permitió al presidente
del Comité Nacional Republicano
decir que si hubiera habido un demócrata
en el poder, Kuwait todavía
no habría sido liberado. Puede
decir esto y ningún demócrata
se levantará y dirá
que si hubiera sido presidente habría
liberado Kuwait seis meses antes.
Hubo entonces oportunidades que se
podían haber aprovechado para
hacer que la liberación se
produjera sin que fuera necesaria
la muerte de decenas de miles de personas
ni ninguna catástrofe ecológica.
Ningún demócrata dirá
esto porque no hubo ningún
demócrata que adoptara esta
postura, si acaso con la excepción
de Henry González y Barbara
Boxer, es decir, algo tan marginal
que se puede considerar prácticamente
inexistente.
Cuando los misiles Scud cayeron sobre
Israel no hubo ningún editorial
de prensa que mostrara su satisfacción
por ello. Y otra vez estamos ante
un hecho interesante que nos indica
cómo funciona un buen sistema
de propaganda, ya que podríamos
preguntar ¿y por qué
no? Después de todo, los argumentos
de Sadam Husein eran tan válidos
como los de George Bush: ¿cuáles
eran, al fin y al cabo? Tomemos el
ejemplo del Líbano. Sadam Husein
dice que rechaza que Israel se anexione
el sur del país, de la misma
forma que reprueba la ocupación
israelí de los Altos del Golán
sirios y de Jerusalén Este,
tal como ha declarado repetidamente
por unanimidad el Consejo de Seguridad
de las Naciones Unidas. Pero para
el dirigente iraquí son inadmisibles
la anexión y la agresión.
Israel ha ocupado el sur del Líbano
desde 1978 en clara violación
de las resoluciones del Consejo de
Seguridad, que se niega a aceptar,
y desde entonces hasta el día
de hoy ha invadido todo el país
y todavía lo bombardea a voluntad.
Es inaceptable. Es posible que Sadam
Husein haya leído los informes
de Amnistía Internacional sobre
las atrocidades cometidas por el ejército
israelí en la Cisjordania ocupada
y en la franja de Gaza. Por ello,
su corazón sufre. No puede
soportarlo. Por otro lado, las sanciones
no pueden mostrar su eficacia porque
los Estados Unidos vetan su aplicación,
y las negociaciones siguen bloqueadas.
¿Qué queda, aparte de
la fuerza? Ha estado esperando durante
años: trece en el caso del
Líbano; veinte en el de los
territorios ocupados.
Este argumento nos suena. La única
diferencia entre este y el que hemos
oído en alguna otra ocasión
está en que Sadam Husein podía
decir, sin temor a equivocarse, que
las sanciones y las negociaciones
no se pueden poner en práctica
porque los Estados Unidos lo impiden.
George Bush no podía decir
lo mismo, dado que, en su caso, las
sanciones parece que sí funcionaron,
por lo que cabía pensar que
las negociaciones también darían
resultado: en vez de ello, el presidente
americano las rechazó de plano,
diciendo de manera explícita
que en ningún momento iba a
haber negociación alguna. ¿Alguien
vio que en la prensa hubiera comentarios
que señalaran la importancia
de todo esto? No, ¿por qué?,
es una trivialidad. Es algo que, de
nuevo, un adolescente que sepa las
cuatro reglas puede resolver en un
minuto. Pero nadie, ni comentaristas
ni editorialistas, llamaron la atención
sobre ello. Nuevamente se pone de
relieve, los signos de una cultura
totalitaria bien llevada, y demuestra
que la fabricación del consenso
sí funciona.
Solo otro comentario sobre esto último.
Podríamos poner muchos ejemplos
a medida que fuéramos hablando.
Admitamos, de momento, que efectivamente
Sadam Husein es un monstruo que quiere
conquistar el mundo —creencia
ampliamente generalizada en los Estados
Unidos—. No es de extrañar,
ya que la gente experimentó
cómo una y otra vez le martilleaban
el cerebro con lo mismo: está
a punto de quedarse con todo; ahora
es el momento de pararle los pies.
Pero, ¿cómo pudo Sadam
Husein llegar a ser tan poderoso?
Iraq es un país del Tercer
Mundo, pequeño, sin infraestructura
industrial. Libró durante ocho
años una guerra terrible contra
Irán, país que en la
fase posrevolucionaria había
visto diezmado su cuerpo de oficiales
y la mayor parte de su fuerza militar.
Iraq, por su lado, había recibido
una pequeña ayuda en esa guerra,
al ser apoyado por la Unión
Soviética, los Estados Unidos,
Europa, los países árabes
más importantes y las monarquías
petroleras del Golfo. Y, aun así,
no pudo derrotar a Irán. Pero,
de repente, es un país preparado
para conquistar el mundo. ¿Hubo
alguien que destacara este hecho?
La clave del asunto está en
que era un país del Tercer
Mundo y su ejército estaba
formado por campesinos, y en que —como
ahora se reconoce— hubo una
enorme desinformación acerca
de las fortificaciones, de las armas
químicas, etc.; ¿hubo
alguien que hiciera mención
de todo aquello? No, no hubo nadie.
Típico.
Fíjense que todo ocurrió
exactamente un año después
de que se hiciera lo mismo con Manuel
Noriega. Este, si vamos a eso, era
un gángster de tres al cuarto,
comparado con los amigos de Bush,
sean Sadam Husein o los dirigentes
chinos, o con Bush mismo. Un desalmado
de baja estofa que no alcanzaba los
estándares internacionales
que a otros colegas les daban una
aureola de atracción. Aun así,
se le convirtió en una bestia
de exageradas proporciones que en
su calidad de líder de los
narcotraficantes nos iba a destruir
a todos. Había que actuar con
rapidez y aplastarle, matando a un
par de cientos, quizás a un
par de miles, de personas. Devolver
el poder a la minúscula oligarquía
blanca —en torno al 8% de la
población— y hacer que
el ejército estadounidense
controlara todos los niveles del sistema
político. Y había que
hacer todo esto porque, después
de todo, o nos protegíamos
a nosotros mismos, o el monstruo nos
iba a devorar. Pues bien, un año
después se hizo lo mismo con
Sadam Husein. ¿Alguien dijo
algo? ¿Alguien escribió
algo respecto a lo que pasaba y por
qué? Habrá que buscar
y mirar con mucha atención
para encontrar alguna palabra al respecto.
Démonos cuenta de que todo
esto no es tan distinto de lo que
hacía la Comisión Creel
cuando convirtió a una población
pacífica en una masa histérica
y delirante que quería matar
a todos los alemanes para protegerse
a sí misma de aquellos bárbaros
que descuartizaban a los niños
belgas. Quizás en la actualidad
las técnicas son más
sofisticadas, por la televisión
y las grandes inversiones económicas,
pero en el fondo viene a ser lo mismo
de siempre.
Creo que la cuestión central,
volviendo a mi comentario original,
no es simplemente la manipulación
informativa, sino algo de dimensiones
mucho mayores. Se trata de si queremos
vivir en una sociedad libre o bajo
lo que viene a ser una forma de totalitarismo
autoimpuesto, en el que el rebaño
desconcertado se encuentra, además,
marginado, dirigido, amedrentado,
sometido a la repetición inconsciente
de eslóganes patrióticos,
e imbuido de un temor reverencial
hacia el líder que le salva
de la destrucción, mientras
que las masas que han alcanzado un
nivel cultural superior marchan a
toque de corneta repitiendo aquellos
mismos eslóganes que, dentro
del propio país, acaban degradados.
Parece que la única alternativa
esté en servir a un estado
mercenario ejecutor, con la esperanza
añadida de que otros vayan
a pagamos el favor de que les estemos
destrozando el mundo. Estas son las
opciones a las que hay que hacer frente.
Y la respuesta a estas cuestiones
está en gran medida en manos
de gente como ustedes y yo.
* Noam Chomsky es doctor en Lingüística
por la Universidad de Pensilvania
y catedrático del Massachusetts
Institute of Technology (MIT). Es
doctor ‘honoris causa’
en treinta universidades. Este artículo
forma parte de la Biblioteca Virtual
Noam Chomsky, un colectivo virtual
no lucrativo que autoriza la reproducción
en Sala de Prensa.
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