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Democratización
de la sociedad:
Entre el derecho a la
información
y el ejercicio de la ciudadanía
comunicativa
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septiembre
2004. Año VI, Vol. 3
http://www.saladeprensa.org/
Carlos
A. Camacho Azurduy
Si no hallan luna
lo llaman día
Si no hallan sol
lo llaman noche
Si no hallan luna ni sol
lo llaman error
y cierran los ojos
Buscando estrellas con que orientarse
M.
Montalbeti
Resumen: El presente ensayo argumentativo
se sustenta en una adecuada investigación
documental, cuya tesis es que el consumo
crítico de la oferta de los
medios de comunicación masiva,
en general, y la información,
en particular, favorece la conformación
de la ciudadanía comunicativa.
Esta tiene como eje central el ejercicio
pleno del derecho humano a la información
a través de la facultad no
sólo de recibir información,
opinión y propaganda, sino,
también, de investigar y difundirlas,
que favorece a las personas para formarse
y emitir libremente una opinión
fundamentada sobre algún hecho
o acontecimiento, debatir públicamente
su posición, participar en
espacios públicos y controlar
socialmente a los otros conciudadanos.
Multidimesionalidad ciudadana
Manuel Antonio Garretón (1995)
plantea la noción de multidemsionalidad
ciudadana —ligada al acceso
y la calidad—, esto es, un conjunto
de derechos y deberes donde la persona
ejerce su capacidad de ser sujeto,
de llegar a controlar o decir algo
sobre los procesos que definen un
determinado campo, por ejemplo, en
relación al mundo terrirorial,
educacional, comunicacional, de género,
etnia, generación, etc.
En cada uno de éstos, se es
titular de derechos humanos inalienables
de acuerdo a una particular condición,
que proviene de características
tales como el grupo socioeconómico,
educativo, etáreo, de género
y, fundamentalmente, de pertenencia
étnica y racial que configura
la profunda diversidad cultural que
nos caracteriza frente a la homogeneización
global.
Al respecto, Garretón considera
que en el concepto de ciudadanía
moderna estamos frente a una extensión
de derechos irrenunciables que provienen
precisamente de la diferencia y no
de la igualdad básica de los
seres humanos, lo que le otorga a
cada persona o grupo, la posibilidad
de definir y luchar por tales derechos.
Empero, esta potencialidad de la expansión
ciudadana —como la llama el
autor mencionado— se ve frustrada
y negada por la exclusión,
marginación y discriminación
frente a “lo diferente”.
La descomposición y fragmentación
de las comunidades de principios de
siglo se manifiesta en una serie de
acciones que demuestran la negación
del “otro” en su rol de
actor (léase ciudadano), ni
siquiera de ser humano con derechos
fundamentales reconocidos y protegidos,
especialmente del “otro”
no persona-no ciudadano. Aquel sin
poder económico para asumir
activamente el status sustantivo y
válido socialmente de consumidor-persona,
o mejor dicho, ciudadano-consumidor.
Me refiero, fundamentalmente, a sectores
populares marginados del poder de
toma de decisión y definición
de políticas públicas
que influyan en la mejora de sus condiciones
de vida. Este es uno de los aspectos
que marca la ausencia de proyectos
de sociedad multicultural, que encaminen
el desarrollo humano de los pueblos
de América Latina y Central.
Ciudadanía comunicativa
La chilena María Elena Hermosilla
(1995) sostiene que los medios de
comunicación masiva pueden
aportar en la constitución
de la ciudadanía —o ciudadanías
en plural, respetando el carácter
multicultural y plurilingüe que
nos caracteriza—, estimulando
la autonomía (social, política,
económica y cultural) de los
sujetos sociales para que puedan gestionar,
construir y asumir su propio destino,
sobre la base del desarrollo de sus
condiciones de vida.
Las personas se encuentran en permanente
interacción con la oferta mediática,
recluidas, cada vez más, en
espacios privados e íntimos.
Los estudios culturales y los de recepción
en el ámbito comunicacional,
muestran que hay aproximaciones diferenciadas,
mutuas complicidades, seducciones
permanentes, deseos insatisfechos
y prácticas diversas que configuran
esta relación. Una correspondencia
de intereses y convivencias en las
que se construye, de una u otra manera,
frescas formas de ser y ejercer la
ciudadanía comunicativa.
Esta se establece, con mucha más
fuerza en la sociedad informacional
de principios de siglo, a través
del vínculo no equitativo pero
con rasgos de interdependencia, entre
la persona situada social y culturalmente
y los medios y, cada vez con mayor
intensidad, las nuevas tecnologías
de información (TICs).
Por lo tanto, ciudadanía es,
también, el reconocimiento
de esa integración, en la cual
el ciudadano consume discursos informativos
(noticias) y de opinión que
circulan en éstos, a través
de un conjunto de procesos de apropiación
y uso en los que el valor simbólico
prevalece sobre los valores de uso
y de cambio, o donde al menos estos
últimos se configuran subordinados
a la dimensión simbólica
(García Canclini, 1992).
A propósito, Claudia Villamayor
y Ernesto Lamas (1998) plantean lo
siguiente:
El ejercicio de ciudadanía
es un proceso de aprendizaje al que
contribuyen las diferentes instituciones
presentes en la sociedad, entre ellas
los medios de comunicación.
Desde un medio de comunicación
siempre se construye ciudadanía:
se puede ayudar al fortalecimiento
de una ciudadanía activa y
participativa o se puede fomentar
una ciudadanía pasiva vinculada
únicamente con el consumo.
En esta línea, estos autores
reconocen que en la actualidad los
medios juegan un papel prácticamente
insustituible en la construcción
y ejercicio de ciudadanía orientada
a la consolidación de una sociedad
democrática, ya que mediante
el acceso1 y la participación
en éstos, las personas pueden
ejercer su rol ciudadano al hacer
uso de la libertad de expresión
y acceder al espacio público,
al mismo tiempo que “controlar”
las instituciones y ejercer presión
sobre ellas.
En este proceso que se articula, o
más bien, forma parte, de la
vida cotidiana, los sujetos construyen
pertenencias, vinculaciones y membresías
a determinadas comunidades, entre
cuyos miembros se establecen relaciones
de interdependencia, responsabilidad,
solidaridad y lealtad, así
como desprecio, resentimiento y negación
frente a otras. Asimismo, permite
reconocer en el “otro”
una persona que está en la
misma condición y con el que
hay algo en común (lo público)
que me une o separa, lo que no siempre
lleva a consideraciones y tratos mutuos
de respeto y consideración
igualitaria.
Esta concepción de la ciudadanía
como relación comunicacional
entre los medios y la ciudadanía,
parte de dos dimensiones interdependientes,
tal como lo sintetiza acertadamente
Garretón (ver Cuadro No.1).
|
Cuadro
No.1 - Dimensiones de la Ciudadanía
Comunicativa |
PRIMERA
DIMENSIÓN
“También ejerzo
mi ciudadanía a través
de los medios”
|
SEGUNDA
DIMENSIÓN
“También aprendo
a ser ciudadano en mi relación
con los medios”
|
| En
los medios las personas expresan
y ejercen su ciudadanía
en diversos campos, por ejemplo,
a través de diversas formas
de control social del poder. Sin
embargo, los medios también
pueden sustituir de forma ilusoria
la participación a la que
no se tiene acceso realmente o
se puede dar el caso que los medios
intenten sustituir a otras instancias
de participación (por ejemplo,
partidos políticos). |
Las
personas definen y (re)configuran
su ciudadanía en la relación
que establecen con la oferta mediática
(consumo cultural).2 Por ejemplo,
la información que éstos
producen aumenta el poder ciudadano
(control social). Asimismo, aquí
se plantea un tema de fundamental
importancia: ¿cuál
es el control ciudadano de los
medios para la regulación
democrática de éstos? |
|
Fuente:
Elaboración propia. |
De ahí que la definición
mínima de la noción
de ciudadanía comunicativa
plantee una dirección doble:
de los medios hacia el ciudadano (oferta
mediática) y del ciudadano
hacia los medios (consumo cultural).
En ambos sentidos, el ciudadano es
un actor social que ejerce íntegramente
su derecho garantizado por el Estado
no sólo a recibir, sino a investigar
y difundir información y opinión
por cualquier medio, y asume activamente
sus responsabilidades en la generación
y reproducción de procesos
de formación de opinión
y deliberación públicas,
participación y control sociales.
Por su parte, los medios demuestran
—o deberían hacerlo por
la responsabilidad social que les
ha sido delegada—, que les reconocen
como beneficiarios directos e interlocutores
suyos, asumiendo su corresponsabilidad
en la construcción de espacios
públicos verdaderamente participatvos,
conducentes a la definición
y ejecución de estrategias
y acciones de desarrollo.
Esta ligazón que se va construyendo
cotidianamente en relación
desigual (el medio propone/enuncia
un discurso a partir de una serie
de condiciones de producción
y el sujeto dispone/interpreta en
su contexto sociocultural), no significa,
de ninguna manera, sumisión
al sistema de medios masivos existente,
sino que plantea la idea de apropiación
y uso pasivo, crítico e indiferente,
no exento de conflicto y competencia,
racionalidad y emoción, deseo
y decepción. De este modo,
se configuran pertenencias, complicidades
y seducciones en torno a percepciones
o intereses comunes.
Empero, hay que manifestar la imagen
ilusoria que, muchas veces, los medios
montan en escena comercial para hacer
creer a la gente que ¡participa
y decide! (porque, imagínese,
nos permiten hablar a través
de “sus” micrófonos
o aparecer en “su” pantalla).
No cabe duda que en muchos de éstos
se va tejiendo la idea misma de integración
ilusoria o de ejercicio pleno de ciudadanía
y sus derechos, a partir de una presunta
equidad simbólica: intercambio
dialógico, consumo cultural
y acceso a espacios públicos.
Nada más falso.
La información: de “poder”
a “derecho humano”
El papel estratégico de la
educación, del conocimiento
y de las redes de información
constituyen en la actualidad uno de
los principales elementos de integración
social al mundo moderno. Solamente
un grupo muy reducido de latinoamericanos
tienen acceso a redes de información
y al manejo de las nuevas formas de
conocimiento. Resulta pues fundamental
que una renovación ciudadana
busque una expansión de las
nuevas formas de conocer y comunicar.
Fernando
Calderón y Norbert Lechner,
1998
La información es fundamental
para conocer y comprender la realidad
actual. El hombre moderno tiene necesidades
informativas que son satisfechas en
gran parte por los medios de comunicación
masiva y las TICs; empero, la selección
y/o tratamiento que éstos hacen
no siempre está acorde con
las aspiraciones, necesidades, exigencias
y expectativas de los ciudadanos.
La avalancha cuantitativa de mensajes
coloca al individuo en una situación
de “observador” o “recipiente”
pasivo, en cuya producción
parece no participar, lo que lo lleva
a un estado de marginamiento social.
La información adquiere valor
cuando consciente y apropiadamente
se desea, busca y utiliza para construir
una visión y un sentido particular
de desarrollo, de futuro, en definitiva,
de mundo. La información por
sí sola no basta, se requiere
de su análisis e interpretación
para poderla convertir en conocimiento
útil (informar es transmitir
un saber a quien no lo posee), que
brinde seguridad y dirección
en el accionar cotidiano. El ciudadano
es, en última instancia, el
que le otorga valor a la información
—frente a la entropía,
el caos o la casualidad—, por
tanto, es quien determina si la considera
como ruido o como herramienta válida.
La información estratégica
de calidad coadyuva en el proceso
de toma de decisiones. Tiene, como
cualquier otra mercancía que
circula en el mercado dentro de un
sistema económico de libre
competencia, un determinado valor
económico (el precio está
en función del nivel de especialización
que se busca) y de uso (grado de interpretación
y aplicabilidad en función
del nivel educativo), que lamentablemente
no puede asumir la mayoría
de la población (público
consumidor). No porque no quiera,
sino porque no sabe o no puede.
Esta información favorece la
opinión sustentada, la participación
permanente, el control social y la
deliberación pública,
se concentra en pocas manos. Circula
por redes privadas de alto costo y
por circuitos “secretos”
con carácter reservado, porque
se constituye en un insumo estratégico
para el movimiento del poder. De ahí
que por su importancia se haya comenzado
a calificar a esta aldea global —como
la emplazara McLuhan— como sociedad
de la información.
El sociólogo catalán
Manuel Castells (1999) sostiene que
estamos viviendo la era de la información3
caracterizada por una “revolución”
que, bajo el nuevo paradigma tecnológico
(TICs) y económico (globalización)
actual, reemplaza la base productiva
de la sociedad y penetra en el núcleo
de la vida y la mente, inaugurando
una diferente configuración
estructural societal y flamantes relaciones
virtuales.
Diferentes estudios académicos
en el campo de la comunicación
revelan que hay una tendencia creciente
en los informativos televisivos (de
señal abierta a los que todos
los que poseen el aparato pueden tener
acceso), por impregnar las “noticias”
con sangre, violencia y otros hechos
que denigran la condición humana,
porque así aumenta su rating
de audiencia o, mejor dicho, sus ingresos
económicos por concepto de
publicidad.
Patrick Chareaudeau (2003) explica
que a causa de su ideología
(“seleccionar lo más
sorprendente”, “mostrar
a toda costa”), los medios construyen
una visión parcializada del
espacio público adecuada a
sus objetivos, pero muy alejada de
un reflejo fiel de la realidad empírica.
Para él, los medios son un
“espejo deformante” que
dan testimonio de una parcela amplificada,
simplificada o estereotipada del mundo.
Aún de ese modo, son una de
las tres esferas de configuración
de las sociedades democráticas,
además de la de lo civil y
de lo político.
Tal es su importancia que el ejercicio
pleno del derecho a la información
se constituye en el eje articulador
de la ciudadanía comunicativa
(ver Gráfico No.1). El ciudadano
ejerce su derecho a la información
articulando procesos complementarios
de formación de opinión
y/o deliberación pública,
de participación y/o control
social, en el marco de configuración
de esferas públicas democráticas,
donde ellos son actores protagonistas
en la definición y búsqueda
de su propio desarrollo.
Gráfico No.1 - Modelo
de formación y desarrollo de
la ciudadanía comunicativa
Fuente: Elaboración propia.
Comunidades de intérpretes
en movimiento
A través del acceso y consumo
de los mensajes de los medios, en
general, y de la información
noticiosa, en particular, los sujetos
se vinculan al ejercicio constante
de formación de su ciudadanía.
Dejan de ser un objeto sometido al
poder para convertirse en sujeto y
titular legítimo de poder.
Constituyen y potencian su rol de
actores sociales (a nivel individual,
grupal e institucional), para poder
decir su palabra públicamente
e incorporarse en el sistema político
de toma de decisiones colectivas,
asegurando que exista una real práctica
democrática.
Algunos medios, especialmente los
de carácter comunitario y popular
que superaron la estrecha visión
de los fines de lucro, se constituyen
en espacio de verdadera participación
ciudadana4 Paradójicamente,
éstos son los medios que no
tienen reconocimiento legal por parte
del Estado en la mayor parte de los
países de América Central
y Sud América, por su crítica
al sistema hegemónico, manifestando
su permanente búsqueda de un
flamante orden social, económico
y comunicacional más justo
y equitativo. Recientemente en Bolivia,
y luego de varios años de lucha
e “ilegalidad” de éstos
medios, fue promulgado un Decreto
Supremo que reconoce, respeta y protege
la labor de la Radiodifusión
Comunitaria.
Cuando los mal llamados “receptores”
de los mensajes de los medios, se
asumen y desenvuelven como interlocutores,
es decir como, ciudadanos activos
y participativos, e interactúan
con los otros sobre la base del respeto
y reconocimiento recíprocos
(el “otro” percibido y
sentido como un semejante con el que
tengo posibilidad de dialogar), institucionalizan
procesos de cambio social consensuado,
en función de la expansión
de sus derechos políticos y
sociales.
Este reconocimiento como ciudadano,
en el que el individuo vale por sí
mismo, por lo que es como ser humano,
es el primer paso que lleva a asumir
el compromiso de velar por la existencia
de algo común que me liga a
los otros: lo público. Y, precisamente
aquí, se sitúa la edificación
virtual de comunidades de intérpretes,
a partir de la formación de
acuerdos, creación de redes,
espacios y comportamientos de solidaridad
colectiva y, su derivación
posible, en la conformación
de esferas públicas: intereses,
espacios e imágenes comunes.
La ciudadanía, en esta lógica
de razonamiento, no es sólo
un status sociopolítico determinado
por un balance adecuado de derechos
y deberes; sino, también, una
identidad compartida, vale decir,
una expresión de la propia
pertenencia a determinado(s) segmento(s)
dinámico(s) de público(s)
en constante movimiento.
Esta identidad está estampada
por un modo particular de apropiarse
y usar los bienes simbólicos,
fundamentalmente la información
noticiosa, generando múltiples
sentidos, en diferentes direcciones
que muchas veces no coinciden con
la intención del “todopoderoso”
y “omnipresente” —tal
como seguimos concibiéndolo
en la práctica, a pesar de
que la teoría ha mostrado que
la cosa va por otro lado— emisor.
Para coadyuvar en la formación
de la ciudadanía desde el Estado
se pueden impulsar acciones de educación
ciudadana y para la recepción,
además de la formulación
de políticas públicas
a partir de procesos investigativos
que identifiquen las demandas de los
sectores sociales involucrados, tal
como veremos en los dos acápites
que vienen a continuación.
Educación
ciudadana y para la recepción
Se aprende, cada día, a ser
ciudadano. No hay un modelo ideal
a seguir o imitar. Cada persona ejerce,
de manera particular, su propia cultura
política ciudadana, en un marco
legal y democrático instituido
desde el Estado. La familia, la escuela
y los medios son los ámbitos
que mejor “ejemplifican”
el ser ciudadano. Es ahí donde
se debe comenzar a intervenir para
generar procesos educativos que coadyuven
en la formación del ciudadano
activo, crítico y participativo.
Educar en la ciudadanía es
—viene a decir con razón
Adela Cortina (1997)— ayudar
a cultivar las facultades (intelectuales
y sentientes) necesarias para apreciar
y practicar los valores ciudadanos.
Por eso, la educación en la
ciudadanía es, necesariamente,
una educación en valores morales
cívicos, que se constituyen
en articuladores de los demás
valores estéticos, religiosos,
etc.
Los valores morales cívicos
nucleares para la ciudadanía
son fundamentalmente, siguiendo a
Cortina, los siguientes: la libertad,
la igualdad, la solidaridad, el respeto
activo y la disposición a resolver
los problemas comunes a través
del diálogo (ver Cuadro No.2).
¿Cuánto hemos avanzado
en el desarrollo y práctica
de estos valores en los países
americanos? ¿Cuál es
el interés del Estado en promover
la educación ciudadana, así
como la creación de espacios
de reflexión y debate del significado
que tiene la pertenencia a un Estado
multicultural? ¿Qué
acciones realizamos para instaurar
un ambiente de solidaridad y de sentido
de comunidad que supone respeto, diálogo,
búsqueda de consensos y respeto
a las diferencias? ¿Qué
rol hemos asumido para propiciar espacios
participativos, respetuosos y dialógicos
en el que cada actor se convierta
en un protagonista activo, reflexivo
y comprometido consigo mismo y con
sus conciudadanos?
Cuadro No.2
Cuadro
No.2 – Valores morales
cívicos para la educación
ciudadana |
VALOR
MORAL CÍVICO |
PRINCIPIO |
DESCRIPCIÓN |
| Igualdad |
Todas
las personas son iguales en dignidad,
por lo que merecen igual consideración
y respeto |
-
De todos los ciudadanos ante la
ley
- De oportunidades vitales
- En ciertas prestaciones sociales
|
| Respeto
activo |
Interés
por que el otro pueda vivir según
sus convicciones y criterios |
-
Soportar que otros piensen de
forma distinta y que tengan ideales
de vida feliz diferentes a los
míos (aprecio positivo
del otro)
- Interés activo por comprender
y ayudar a llevar adelante sus
proyectos siempre que representen
un punto de vista moral respetable
- Interés activo en que
el otro pueda defender sus principios
aunque no se comparta sus concepciones
de vida (construcción compartida)
- La tolerancia se convierte en
respeto desde la solidaridad
|
| Solidaridad
(fraternidad) |
Actitud
de una persona que pone interés
en otras y se esfuerza por los
asuntos de esas otras personas
participando con el mismo empeño
en cierta cosa (causa común) |
-
Es valor moral cuando no es solidaridad
grupal, sino solidaridad universal,
por ejemplo, paz, desarrollo,
respeto al medio ambiente, etc.
- Valor indispensable para vivir
bien
|
| Diálogo |
Acción
comunicativa que compromete a
quien lo realiza y a quien lo
acepta, y lo hace responsable
en la búsqueda compartida
(cooperativa) de lo verdadero
y de lo justo |
-
Deben participar todos los afectados
como protagonistas/interlocutores
- Estar dispuesto a escuchar para
mantener o modificar su posición
- Bilateral
- Que todos puedan expresar sus
puntos de vista y replicar
- Encontrar solución justa
- Entender al interlocutor
- Descubrir lo que tenemos en
común
- Atender a intereses universalizables,
es decir, de todos los afectados
|
Fuente:
Elaboración propia sobre
la reflexión de Adela
Cortina (1997). |
William Galston (citado por López,
1997), explica que para una ciudadanía
responsable se requiere, además,
una serie de virtudes divididas en
cuatro grupos:
a) Virtudes generales:
coraje, observancia de la ley, lealtad.
b) Virtudes sociales:
independencia, apertura.
c) Virtudes económicas:
ética laboral, capacidad de
postergar la propia satisfacción,
adaptabilidad al cambio económico
y tecnológico.
d) Virtudes políticas:
capacidad para discernir y respetar
los derechos de los demás,
voluntad de demandar sólo lo
que puede ser pagado, habilidad para
evaluar el desempeño de quienes
detentan cargos públicos, voluntad
para involucrarse en la discusión
pública.
Por otro lado, Mercedes Charles (1995)
apoya y amplía lo mencionado
sugiriendo que la educación
ciudadana debe poner los cimientos
en la formación de la cultura
ciudadana: el respeto a los otros,
la tolerancia, la actitud de escuchar
y comprender, la solidaridad y la
colaboración, el diálogo,
la participación activa, el
trabajo en equipo (sentido de grupo),
la búsqueda de consensos, el
respeto a las diferencias, la formación
de un pensamiento sistemático
y crítico. Porque, como dice
la autora,
(…) la democracia, necesariamente
implica interacción, intercambio,
coexistencia de coincidencias pero
también de diferencias; implica
crear espacios y foros diversos donde
se ponga en la escena social la pluralidad
y proyectos que existen en la sociedad
(:177).
Asimismo, Charles plantea que la conformación
de esta cultura ciudadana puede ser
muy bien trabajada desde la educación
para la recepción, creando
espacios de reflexión y debate
donde se proporcione a los grupos
herramientas para reapropiarse de
los mensajes y conformar un pensamiento
autónomo, responsable y fundamentado
sobre la base del diálogo.
Los programas de educación
para la recepción implican
la generación de procesos educativos
con el fin de que las personas aprendan
a usar los medios desde diversas perspectivas,
para integrarlos a procesos de desarrollo
de sus potencialidades y que, además,
estas se constituyan en interlocutores
aprendiendo a ser emisores comprometidos
con su propio proceso pedagógico
y con el de los demás.
Por esto, es necesario incrementar
las potencialidades y competencias
de las personas y grupos, para que
puedan seleccionar información
que consideren valiosa y relevante,
sistematizar, analizar, reflexionar
y discutir sobre ella y confrontarla
con fuentes alternativas que sirvan
como complemento y parámetro
de comparación. De lo que se
trata es de convertir a la información
que circula por los medios, en estructuras
de sentido (significados relevantes)
capaces de orientar y permitir la
acción ciudadana, a través
de un acercamiento selectivo, reflexivo,
analítico y crítico
a los medios, en general, y a la información,
en particular.
Para Humberto Vandenbulcke (1999),
la educación ciudadana persigue
—frente a la pasividad, resignación,
lamento y sumisión de mucha
gente en la sociedad actual—
los siguientes propósitos:
• Sacar a la gente de su pasividad
y encausar procesos para que llegue
a la propuesta, la iniciativa, la
búsqueda de soluciones, la
formulación de propuestas,
la toma de iniciativas y la acción
individual y colectiva.
• Aumentar la participación
de la población en la (auto)gestión
de la sociedad.
• Democratizar y potenciar a
la sociedad desde abajo, es decir,
desde la sociedad civil.
• Defender los derechos y promover
también los deberes ciudadanos
con respecto al mejoramiento de la
calidad de vida (desarrollo integral).
• Llenar a la gente de confianza
y afirmar la identidad de los pobres
para poder luchar y actuar en la sociedad.
Todo lo anterior requiere la adquisición
de códigos de modernidad, vale
decir, un conjunto de conocimientos
y destrezas necesarios para participar
en la vida pública y desenvolverse
productivamente en la sociedad moderna.
La participación, entendida
como un factor clave para el acceso
igualitario a la vida pública,
se asienta en el intercambio comunicativo
de la sociedad que se manifiesta,
según Fernando Calderón
et.al. (1996), en que las personas
puedan expresar sus demandas y opiniones
en los medios de comunicación
masiva, manejar los códigos
y las destrezas cognoscitivas de la
vida moderna para adquirir información
estratégica y expandir sus
opciones vitales, manejar las posibilidades
comunicativas y el ejercicio de derechos
para defender sus diferencias culturales
y desarrollar sus identidades de grupo
o de territorio.
Investigación
estratégica en comunicación
Todo el trabajo en educación
ciudadana y para la recepción
carece de sentido ni no encuentra
su sustento en políticas públicas
que se generen participativamente
desde las demandas de los futuros
usuarios y beneficiarios de las mismas.
En esta dirección, la investigación
estratégica brinda los insumos
necesarios y suficientes para generar
argumento para la discusión
de políticas públicas
de comunicación, porque se
refiere a fenómenos sociales
y culturales concretos que pueden
corroborar al desarrollo humano.
Para ello, los resultados de las investigaciones
tienen que ser socializados a través
de planes de comunicación educativa
e información masiva (medios
de comunicación), grupal (organizaciones
sociales, instituciones, ONGs) e interpersonal
(operadores de políticas y
políticos) que, articulados
en redes temáticas, generen
en los diferentes actores sociales
y políticos, reflexión
y debate públicos, consenso
y toma de posición, exigencia
y control social en la puesta en marcha
de las políticas.
En esta dirección, se plantean
las siguientes estrategias, a manera
de recomendaciones:
Cultura del debate público.-
El rol de la investigación
estratégica es el de plantear
problemas ante la sociedad, que sean
textos de discusión, de socialización
y de reflexión crítica.
Es importante dar a conocer estas
investigaciones, no sólo en
actos oficiales de entrega, sino como
textos de análisis.
A partir de los resultados de los
estudios, los investigadores pueden
generar espacios públicos de
diálogo, reflexión y
discusión (seminarios, talleres,
foros, debates, etc.) con los actores
sociales y políticos involucrados
en la problemática analizada.
En estos espacios convergen los diferentes
intereses y demandas de las instituciones
públicas, de desarrollo regional
y de las organizaciones de base, con
los de la comunidad académica.
Son cruciales para la reformulación,
contraste y validación de los
resultados, en función de la
búsqueda de consensos susceptibles
de influir en la formulación
e implementación de políticas
públicas municipales, departamentales
y nacionales. Éstas son el
resultado de la amplia participación
—y presión— de
los diferentes actores y sectores
sociales involucrados.
En esta lógica, la Academia
podría constituirse en catalizador
e inductor de estos procesos a través
del debate, que busque consensos,
con suficiente participación
social e institucional. Así,
podría organizar espacios de
discusión pública donde
se discutan resultados en torno a
un mismo eje temático, analizado
desde la perspectiva de diferentes
regiones y actores (académicos,
dirigentes, políticos, operadores
de políticas, ONGs, etc.).
Alianzas estratégicas.- Los
equipos académicos de investigación
deben tomar, desde el inicio del proceso
—inclusive en la formulación
del proyecto de investigación—,
la iniciativa de acercase e involucrar
a los medios de comunicación,
la cooperación internacional,
las organizaciones sociales y las
instancias no gubernamentales y gubernamentales,
directa e indirectamente ligadas con
la temática-problemática
del estudio. Éstas pueden enviar
un comisionado al equipo para que
apoye la realización de la
investigación.
Con algunas de estas instancias, será
conveniente firmar convenios interinstitucionales
de trabajo y mutua cooperación,
avalados por la(s) Universidad(es)
de pertenencia de los miembros del
equipo. Esta podría realizar
el lobby colectivo, para iniciar el
contacto con los investigadores. La
continuidad de la investigación
y la aplicación de los resultados,
están en gran medida relacionadas
con este aspecto.
Este proceso de involucramiento debe
tender a la generación del
conocimiento, en forma conjunta, para
que ayude en el cambio de la visión
del desarrollo y del futuro, y de
las responsabilidades que engendra
en cada uno de los actores protagonistas
comprometidos en esta tarea. El impacto
real de los resultados se medirá
en la medida en que puedan favorecer
el posicionamiento de los diferentes
actores con relación a una
problemática concreta.
Las Universidades desempeñan
un rol crucial en esta dirección.
Ellas deben articular e interactuar
con los diferentes actores locales,
regionales, nacionales e internacionales,
construyendo redes que favorezcan
la toma de decisiones públicas
con los insumos de las investigaciones.
Asimismo, es importante que las instituciones
y las organizaciones sociales promuevan
la investigación, en estrecha
coordinación con la comunidad
intelectual y de investigadores, planteando
proyectos, creando espacios de intercambio
de experiencias, reflexionando alternativas
de proyectos, etc. De este modo, se
garantiza, de algún modo, la
posibilidad de involucrar las demandas
e intereses de la sociedad civil organizada.
Bibliografía:
- ALFARO, Rosa María. 1995.
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_____
Notas:
1 Al respecto, Rosa María Alfaro
(1995) sostiene que hoy la ciudadanía
se construye desde el ser público
de los medios masivos de comunicación.
Estos, amplía la autora, se
han formado como nuevas instituciones
culturales que definen lo público,
constituyéndose en escenarios
donde se construye el poder, donde
se legitiman actores, personajes y
temas”.
2 En palabras de García Canclini
(1993: 34) el consumo cultural es
“el conjunto de procesos de
apropiación y usos de productos
en los que el valor simbólico
prevalece sobre los valores de uso
y de cambio, o donde al menos estos
últimos se configuran subordinados
a la dimensión simbólica.”
Por lo tanto, el estudio del consumo
cultural aparece, así, como
un “lugar estratégico
para repensar el tipo de sociedad
que deseamos, el lugar que tocará
a cada sector, el papel del poder
público como garante de que
el interés público no
sea despreciado. Conocer lo que ocurre
en los consumos es interrogarse sobre
la eficacia de las políticas,
sobre el destino de lo que producimos
entre todos, sobre las maneras y las
proporciones en que participamos en
la construcción social del
sentido” (:42).
3 Castells (:47) establece una distinción
analítica entre las nociones
de sociedad de la información
y sociedad informacional. El primer
término destaca el papel de
esta última en la sociedad,
aunque él sostiene que la información
—como comunicación del
conocimiento— ha sido primordial
en todas las sociedades. En contraste,
el término informacional, “indica
el atributo de una forma específica
de organización social en la
que la generación, el procesamiento
y la transmisión de la información
se convierten en las fuentes fundamentales
de la productividad y el poder, debido
a las nuevas condiciones tecnológicas
que surgen en este periodo histórico.”
4 Cfr. Carlos Camacho Azurduy. Las
radios populares en la construcción
de ciudadanía. Enseñanzas
de la experiencia de ERBOL en Bolivia,
1ª ed., UASB, La Paz, 2001, pp.
275.
* Carlos A. Camacho Azurduy, comunicólogo
boliviano, es colaborador de SdP.
Doctorando en Comunicación,
Ética y Derecho a la Información
de la Universidad Complutense de Madrid
y de la Universidad Diego Portales,
Chile. Profesor de programas de comunicación
y ciencias políticas a nivel
de pregrado en la Universidad Mayor
de San Andrés (UMSA) y de postgrado
en la Universidad Andina Simón
Bolívar (UASB). Consultor en
planificación estratégica
de la comunicación para el
desarrollo. Miembro del Directorio
de la Asociación de Periodistas
de La Paz (APLP).
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